Antonio
Gramsci
Breves
Apuntes sobre su Vida y Pensamiento
Por Daniel Campione
I.-
NOTICIA SOBRE LA VIDA DE GRAMSCI 1891-1937.
Nace en Cerdeña, considerada parte del mezzogiorno italiano, en una familia de la pequeña burguesía, de un pueblo llamado Alés.
Luego de cursar estudios primarios y secundarios en la isla, se traslada a Turín para estudiar en la facultad de Letras. Estudia filosofía y lingüistica (glotología). No termina sus estudios.
En
torno a 1911 se incorpora al Partido Socialista Italiano. En su adolescencia
había adherido al nacionalismo sardo. Hace sus primeras armas en el periodismo
en Il Grido del Popolo y Avanti!. En
agosto de 1917 pasa a ser miembro del Comité provisional del PSI, primer paso
de Gramsci en la dirigencia partidaria. En torno a 1917, Gramsci se destaca
publicando artículos sobre la revolución rusa ("La revolución contra el
Capital” “La obra de Lenin", etc.), que constituyen alegatos contra la
ortodoxia de la II° Internacional, junto a otros que emiten juicios críticos
sobre el marxismo ("Nuestro Marx", "Utopía"). Adhiere a las
tendencias llamadas “intransigentes” dentro del socialismo italiano. En 1919
la dirección del PSI decide adherir a la III° Internacional. Casi al mismo
tiempo se funda el Movimiento Fascista. En mayo de 1919 se inicia el periódico
(inicialmente semanario) L’Ordine Nuovo, que cumplirá un rol descollante en todo el
período de los consejos obreros y será el núcleo de formación de un grupo
interno del PSI, del que saldrá, además de Gramsci, Palmiro Togliatti, que
luego será dirigente máximo del Partido Comunista de Italia durante décadas.
El
año 1919 es también el del inicio del movimiento de los “consejos de fábrica”,
que Gramsci acompaña desde L’Ordine Nuovo
con escritos como "Democracia Obrera" y "El Consejo de
Fábrica" .A partir de febrero de 1920 se da un creciente movimiento de
ocupaciones de fábricas y huelgas en Turín, y se
desarrolla la “fracción comunista”
dentro del PSI. Gramsci escribe su artículo “El Partido Comunista”
acerca de la necesidad de un partido de tal carácter. El 1º de enero de 1921 L’Ordine
Nuovo se convierte en diario, bajo el lema “Decir la verdad es revolucionario”.
Y el 21 del mismo mes, el Congreso de Livorno deja fundado el Partido Comunista
Italiano. En el siguiente mes de abril, tras el repliegue definitivo del
movimiento de los Consejos, se produce un auge de la violencia fascista. Los
socialistas firman poco después un “pacto de pacificación” con los
partidarios del fascismo , dirigido expresamente a aislar a los comunistas.
Buena
parte de los años 1922 y 1923 Gramsci los pasa en el extranjero, primero en la
URSS y después en Viena, mientras que el PCdI está bajo la dirección de
Amadeo Bordiga, que mantiene una tendencia sectaria, reacia a aceptar la
política de “frente único” que
la Internacional Comunista preconiza a partir de su III°. Congreso. Se conoce
relativamente poco de ese período de su vida, si bien algunos estudiosos le
atribuyen una importancia fundamental en su formación política e intelectual,
al asistir al giro leninista de la NEP en la construcción del socialismo, y al
trazado de la política del frente único para los partidos de la III
Internacional.
En
Octubre de 1922 y tras la “Marcha sobre Roma”
Mussolini ha sido nombrado primer ministro y se inicia el trayecto
gradual hacia el estado fascista, que insumirá unos cuatro años para
completarse. En el seno del PCdI Gramsci se erige en defensor de la política
del frente único, frente a la política opositora a éste de Bordiga.
En
abril de 1924 es elegido diputado al Parlamento italiano e ingresa al comité
ejecutivo del partido. En agosto del mismo año es nombrado secretario general.
En el Congreso que se celebra en enero de 1926 en Lyon redacta las Tesis que
fundamentarán la nueva política del PCI, en franca ruptura con la anterior
línea de Amadeo Bordiga, sectaria y contraria al frente único. En el otoño de
1926 escribe el Ensayo sobre La cuestión meridional, que queda inconcluso
pero es de todos modos un documento fundamental para la comprensión del
problema nacional y social en Italia. También algunas cartas referentes a la
crisis de la dirección del PCUS, en los días previos a la marginación
definitiva de Trotsky, en los que emite reservas sobre la política de virtual
'liquidación' (todavía en términos políticos y no físicos) de los
opositores. El 8 de noviembre de 1926 Gramsci es arrestado, iniciando una
década entera de permanencia en prisión. Muchos historiadores sostienen que a
partir de allí, A.G. quedará ‘bajo sospecha’ en el ámbito del movimiento
comunista, por los matices con la línea mayoritaria manifestados en la
mencionada carta.
Será
procesado y condenado junto con otros miembros de la dirección comunista, en
mayo-junio de 1928, en Milán. Le dan veinte años de cárcel. Es famosa la
consigna lanzada por el fiscal a cargo de la acusación: 'debemos detener ese
cerebro por al menos veinte años', que A.G. hará fracasar patéticamente al
escribir en la cárcel de modo incansable, pese a las malas condiciones del
ambiente y de su propia salud.
En
enero de 1929 conseguirá autorización para escribir en su celda. Se plantea un
plan de estudios de largo alcance, donde ocupa un gran lugar la reflexión sobre
el desarrollo político e intelectual italiano como forma de comprender la
derrota frente al fascismo y de trazar una nueva estrategia revolucionaria. A lo
largo de esos años es visitado en la cárcel por dos de sus hermanos, su
cuñada y el economista Piero Sraffa. Informado sobre la nueva política del
partido (derivada del abandono por la Internacional de la táctica del “frente único”
y el establecimiento de la política izquierdista de “clase contra clase”
planteada en el VI Congreso de la Internacional de 1928 y las sesiones plenarias
consiguientes) se manifiesta en desacuerdo. Plantea la búsqueda de una Asamblea
Constituyente como primer paso democrático para combatir al fascismo.
Algunas de estas posiciones se reflejan en un debate sostenido en la cárcel, que ha llegado hasta nuestros días en el relato de Athos Lisa, compañero de prisión. Mientras tanto, la salud del preso, siempre vulnerable, empeora progresivamente, y el régimen se niega a darle la libertad condicional, salvo que Gramsci efectúe una petición de gracia, a lo que se niega en una actitud de dignidad que no abandonará hasta el final.
En
1934 el partido revisa la política de “clase contra clase”
y reabre la política de alianzas para enfrentar al fascismo, en la línea
planteada desde antes por Gramsci, aunque sin la complejidad y riqueza de sus
planteos. Durante el año 1935, en un momento no confirmado, Gramsci ya muy
enfermo, es internado en una clínica sin dejar de estar prisionero. Interrumpe
entonces los Cuadernos, de los que
había escrito varios miles de páginas desde 1929. En 1937 es liberado, pero un
mes después sufre una hemorragia cerebral y muere.
La trayectoria de Gramsci puede ser caracterizada por rasgos que la marcan: Toda su vida es la de un revolucionario, un marxista preocupado por ligar de modo inescindible su concepción teórica a la práctica. Nadie mejor que el propio Gramsci como síntesis de la suma de intelectual y político que debe ser todo dirigente. Ligado toda su vida al movimiento social real en general, y a la clase obrera en particular, ni siquiera el aislamiento producido por la cárcel impedirá que el italiano siga siendo un intelectual orgánico del movimiento obrero y del Partido Comunista que había contribuido a fundar y dirigió hasta su caída en prisión.
Al decir de José Aricó (Prólogo a Notas sobre Maquiavelo..., p. 8):
Su deseo de estar vivo, de no ser escindido del mundo, pudo más que la acción de quienes deseaban impedir que su cerebro siguiese funcionando y que los tormentos de su cuerpo estrecho y maltrecho, porque toda su vida estaba sujeta a una voluntad férrea que le permitía centralizarla alrededor del estudio y la meditación.
La derrota del movimiento obrero frente al fascismo, causa mediata de su encarcelamiento, fue el estímulo fundamental para que él volviese a pensar el materialismo histórico desde la perspectiva de 'Occidente', sin dejar de prestar atención a los fenómenos sociales, políticos e ideológicos que ocurrían en relación con la construcción del socialismo en la URSS, a los que hace frecuente referencia en los Cuadernos y las Cartas desde la Cárcel. Su forma efectiva de resistir a la represión fascista la constituyó su meditación sobre los modos de arribar al comunismo, en lucha contra una reacción capitalista renovada.
Pretendía marchar hacia una victoria que exigía la superación de toda la cultura burguesa. Y articularla en una política de mediano plazo desplegada en los más variados frentes, de acuerdo al carácter complejo de las relaciones sociales en las sociedades capitalistas más desarrolladas.
II.
LA IMPORTANCIA DE GRAMSCI. ALGUNAS ACLARACIONES..
Gramsci no es el teórico de una vía pacífica, incluso parlamentaria al socialismo, como se lo presentó en algunas ocasiones.
Tampoco
es un anti-Lenin, al que lo une un gran respeto por su acción y pensamiento.
Parte de las circunstancias de espacio y tiempo, la configuración diferente de
las sociedades, y entiende que la revolución en Occidente no puede resolverse
mediante un “asalto al poder”, al
estilo del de Octubre de 1917. Es notable que señale al propio Lenin como
precursor de esta idea cuando planteó el “frente único”
ante la 'tardanza' de la revolución en Alemania y el resto de Europa.
El
italiano se enfrenta al estado moderno en una sociedad donde existe predominio
capitalista ya de larga data, y un desarrollo de la sociedad civil y de las
modalidades consensuales de dominación. Enriquece este enfoque con aportaciones
ajenas al marxismo que incorpora críticamente, como las de B. Croce, G. Sorel,
los “neomaquiavelistas” Mosca,
Michels y Pareto, Giovanni Gentile, H. de Man, entre muchos otros.
Gramsci
es un comunista, un hombre del movimiento de la III Internacional, y dirigente
de primera línea del PCI, del que es secretario general desde 1924 hasta su
detención. Polemiza contra el incipiente “materialismo dialéctico”
(DIAMAT) en versión soviética y también con Trotsky, mas ocasionalmente (lo
llama 'el teórico del ataque frontal'). Su crítica al “Ensayo
Popular de SociologIa” de Bujarin, primer intento de manualización del
naciente 'marxismo soviético' es uno de los puntos altos de sus Cuadernos.
El
italiano es el pensador marxista de su época que mas brillantemente reivindica
la gravitación autónoma de la esfera ideológico-cultural, rechazando la
visión de ella como apariencia o reflejo de la estructura, y la reducción del
marxismo a “economicismo histórico”, defendiendo el carácter 'real' de las
'superestructuras' a las que menciona habitualmente en plural, para acentuar su
diversidad y complejidad. Esto se inserta claramente en una preocupación
concretamente política, orientada a una estrategia revolucionaria integral, y a
reivindicar el peso de la acción humana consciente frente al “economicismo”
y al “fatalismo” tan comunes en el pensamiento marxista y el movimiento
revolucionario desde el siglo XIX.
Afirma al respecto Christine Buci-Glucksmann ():
[...] no se trata de un culturalismo idealista que desplazaría al marxismo y al leninismo del campo de la dialéctica histórica hacia el de la “cultura”, sino más bien de una reproblematización de las relaciones económicas y políticas excluyendo de su campo de análisis todo economicismo, tanto liberal como “marxista”, para introducir de esta forma un nuevo modo de afrontar el problema de los intelectuales y del Estado. Sólo de esta manera la cultura forma parte de una teoría materialista.
Gramsci es un anti-determinista que valora la subjetividad ( y niega la separación entre lo objetivo y lo subjetivo, salvo a fines analíticos o didácticos) y la sitúa en el centro del proceso histórico, en una concepción de la subjetividad que no la reduce a la esfera racional, sino subraya la importancia de la 'pasión' (Notas sobre Maquiavelo..., p. 63):
[...] porque siendo la realidad el resultado de una aplicación de la voluntad humana a la sociedad de las cosas (del maquinista a la máquina) prescindir de todo elemento voluntario o calcular solamente la intervención de las voluntades ajenas como elemento objetivo del juego general mutila la realidad misma. Sólo quien desea fuertemente identifica los elementos necesarios para la realización de su voluntad.
Para
él el estudio de la historia es fundamental para comprender un proceso social, y
afirma que para entender cabalmente una sociedad hay que conocer a fondo al
menos sus últimos cien años de historia. Y en Gramsci comprender quiere decir
“saber” pero también “sentir”, lo que lo lleva a la preocupación por
suturar la separación entre intelectuales que suelen “saber” pero no “comprender”
ni “sentir”, y una esfera popular que “siente” pero no comprende. La
constitución de una intelectualidad “orgánica” que supere esa
disociación, organizándose en el Príncipe Moderno (el partido
revolucionario). El logro de esa 'organicidad' es una condición indispensable
en la mirada gramsciana, para aspirar a una transformación revolucionaria, a
construir hegemonía que dé lugar a una “voluntad colectiva nacional-popular.
Gramsci es el gran pensador que, dentro de la tradición marxista, nos guía por la especificidad de lo político en las sociedades desarrolladas, señala el enorme peso del factor cultural, en sociedades con identidades constituidas, con una sociedad civil densa, plagada de organizaciones complejas.
Permite
a su vez, pensar en la victoria a partir de la derrota, quebrar las fórmulas de
un “optimismo histórico” bastardeado, a favor de una síntesis del saber y
el sentir, de la inteligencia y la voluntad, que resista las tentaciones
opuestas pero en el fondo 'hermanas' del voluntarismo y el economicismo.
La comprensión de la historia por el italiano es profundamente dialéctica, pero los contrarios que juegan los términos de las oposiciones, son profundamente dinámicos. Modifican su situación en distintos períodos, no responden a esquemas generales fijos. Son categorías abiertas que se definen y re-construyen en contacto directo con la realidad.
La re-ubicación de Gramsci en su dimensión histórica de dirigente comunista, cobra hoy un sentido especial. Es hora de reivindicar críticamente una tradición política que hoy se pretende subsumir en una lineal evolución hacia la barbarie stalinista, ignorando sus complejas aristas, que incluyeron entre otros a Gramsci en Italia, a Rosa Luxemburgo en Alemania y a Mariátegui en Latinoamérica.
III.
GRAMSCI. SU RELACION CON LA ARGENTINA RECIENTE
Nuestro
país fue un temprano escenario de la difusión del pensamiento gramsciano. Las
Cartas y los Cuadernos se tradujeron al castellano en Argentina, por un
grupo de intelectuales integrados al Partido Comunista, que publicaron en Cuadernos de Cultura
y otras publicaciones del partido algunos de los primeros análisis gramscianos
en lengua española.
La experiencia fue clausurada cuando, ya en los primeros años 60, los 'gramscianos' fundaron un órgano autónomo (la revista Pasado y Presente) cuyo talante no fue aceptado por Rodolfo Ghioldi y otros dirigentes del P.C. de la Argentina, en un episodio que terminó con la expulsión de ese grupo. Sus integrantes conformaron una más entre las tendencias que configuraron la llamada 'nueva izquierda', y prosiguieron su producción intelectual.
Pero
fue en los 80', con el retorno al régimen constitucional, que el pensamiento de
Gramsci tomó un auge excepcional. Aquéllos antiguos editores de Pasado y Presente
(Aricó, Oscar del Barco, entre otros), unidos a otros compañeros de ruta (Juan
C. Portantiero, Juan C. Chiaramonte, Beatriz Sarlo, etc.), se convirtieron en
mentores ideológicos del presidente Alfonsín, y realizaron una fuerte labor
cultural, que abarcó la asociación llamada Club de Cultura Socialista, y la revista La ciudad futura, principales centros de debate y difusión de un
abordaje de la realidad argentina y mundial del período, asentada en una
reelaboración de las categorías gramscianas en clave básicamente reformista.
Así,
el nombre de A.G. estuvo predominantemente asociado a lo que, en aquella época
fue peyorativamente denominado “posibilismo”. En esa corriente, el
pensamiento de Gramsci jugaba en buena
parte el papel de pasaporte de salida desde el leninismo hacia posiciones cada
vez menos identificadas con el marxismo, y con cualquier posición efectivamente
anticapitalista. Hoy cabe, creemos, la posibilidad de retomar activamente a
Gramsci desde la reafirmación de un compromiso político de objetivos
revolucionarios.
. En los años de la dictadura se sufrió la decapitación de la dirigencia de las clases subalternas por la violencia. El proceso de desorganización y desmovilización se completó, ya en condiciones democráticas, se completó por vía del transformismo, de la transferencia intelectual de dirigentes al otro bando.
Por eso mismo, es necesario desarrollar un renovado itinerario para el pensamiento gramsciano en nuestro país. Hemos sufrido veinte años de recomposición del capitalismo con algunas características de 'revolución pasiva', con predominio de elementos regresivos. De entre los clásicos, nadie como Gramsci enseñó a elucidar la estrategia de la clase dominante, los procesos de cambio producidos desde arriba, expresados entre muchos otros elementos, en la aplicación del concepto de hegemonía a la capacidad de dirección de la clase dominante.
Hoy
se trata de reinstaurar la posibilidad de la iniciativa popular como forma de
cambio político, de contrarrestar el disciplinamiento ejercido por el poder
económico, que no se ha tomado el trabajo de cumplir un papel integrador, de
ceder algo de sus intereses para incorporar otros grupos sociales que pudieran
ser aliados o auxiliares. Sólo la
seducción del hiperconsumo, de la adhesión subordinada al mundo de los “ganadores”,
cierta resignación y sentimiento de inevitabilidad, acompañan a la adaptación
al orden existente.
En
nuestro país, el gobierno de Menem ha concluido por producir una modernización
conservadora con las herramientas de la institucionalidad democrática, un
proyecto de “revolución pasiva” que afloró en los intelectuales de la clase
dominante al menos desde los días de Onganía, pero que define nuevos
caracteres una vez que se produce la convergencia de los poderes mundiales en
torno al denominado “Consenso de Washington”.
Para ello reunió, en el terreno político, al peronismo con la derecha
tradicional, produjo una alianza con un sólido núcleo de intelectuales de
orientación tecnocrática, y aprovechó incluso parte de los resultados de un
transformismo ya en marcha desde los
primeros años 80'.
El
gran capital logró, durante un período, generar un consenso en torno a su
capacidad para brindar las “soluciones nacionales” por vía de las
privatizaciones, la apertura económica y el plan de estabilización que las
acompañaba. Argentina volvió a ser un país en crecimiento y con un cierto “orden”
que venía a reemplazar la virtual disolución de la etapa hiperinflacionaria, y
esto pudo aparecer por un tiempo como un 'reencuentro' con una clase dirigente
y no sólo dominante.
La
profunda crisis estructural de 1988-1991, encontró la salida de lo que hoy
muchos llaman las “transformaciones estructurales”, las que entrañaron también una
tentativa de gigantesca transformación cultural, sobre bases que remontaban al
menos a la dictadura, y al trauma de unas clases populares que se habrían
"extralimitado" en torno a 1973, hasta convertirse en 'cómplices
indirectos' de una masacre 'demoníaca'.
El
emprendimiento de Menem no es sólo reaccionario, no es puramente conservador.
Logró una “cohesión” en el gran capital y el “partido del orden”,
que hacía mucho tiempo no se conseguía en Argentina. Se expresada en la
convergencia entre el gran capital, la
dirigencia sindical, y un peronismo-partido volcado a una realpolitik nacida de la convicción de la extrema dificultad o
directa imposibilidad de emprender otro
camino dentro del capitalismo.
Desplazado del gobierno el presidente Menem, sus reemplazantes se han asimilado rápidamente a una línea similar, aunque aparentemente con posibilidades limitadas, tanto desde lo estructural como por su escasa habilidad política, para mantener una coalición de la amplitud de la pergeñada bajo la dirección del presidente Menem.
Poder
arribar a una construcción contrahegemónica hoy nos implica una tarea no ya de
“unificación de lo existente” como a veces se simplifica, o de
unir la “izquierda social con la izquierda política”
como se esquematiza también en otra dirección. Hay que hacer ambas cosas, pero
sobre todo hay que crear algo nuevo, porque lo existente, aun unido, es
intelectual y organizacionalmente insuficiente (sino directamente inepto) para
ofrecer una alternativa sólida al orden social constituido. Están allí la
necesidad de nuevas formas de protesta, renovados modos de organización,
posibilidades de articulación para las manifestaciones activas y latentes del
descontento colectivo, la búsqueda de la unidad de los trabajadores con quienes
no tienen trabajo, el reacercamiento de las distintas regiones, el procurar
unificar las demandas de seguridad de quienes tienen algo que defender, con el
clamor por el derecho a la existencia de quienes lo han perdido casi todo. Y
volver a colocar en el escenario la
impugnación de la lógica del capital, tenga o no un aparato estatal o un “tercer
sector” que recoja a los caídos del sistema.
Debemos
recomponer una cultura, una mística de la impugnación al orden establecido,
que no puede construirse sino sobre las “brechas” que ofrece el pensamiento
oficial. Los caminos de la inclusión, las esperanzas de movilidad social,
están dolorosamente clausuradas. Muchos que se ilusionaron “ganadores” de
la puja del mercado, o al menos “incluidos” han quedado ahora por fuera.
Ante
esa situación ya resuenan los llamamientos a la “unidad nacional”, en
procura de una salvación colectiva por encima de las clases. Una crítica sólo
moralizante, no apuntada al núcleo del
sistema, que desvíe la crítica hacia lo adjetivo y episódico, será
seguramente ensayada, y también hay que estar en guardia contra ello.
La ruptura de moldes antiguos de pensamiento es a veces empecinadamente negada por quienes se plantean como tarea la transformación de la realidad. Otras, vista solamente como dificultad, como obstáculo insalvable que lleva al pesimismo radical.
Y sin embargo, la fragmentación tiene el otro rostro de la diversificación, de la multiplicidad de formas de resistencia y lucha, muchas de ellas no tradicionales. Hay que superar los antiguos modelos de organización sindical, estudiantil y político-partidaria: Y todo hegemonismo aparatista, que termina despreciando una realidad compleja, que no controla y en última instancia no comprende.
Los
máximos niveles de desigualdad e injusticia, la humillación progresiva de los
tradicionales “orgullos nacionales” de Argentina (la integración de los
trabajadores, la posibilidad de ascenso social, la relativa prosperidad de un
país donde 'no hay miseria y nadie se muere de hambre', nuestro carácter cuasi-europeo
en medio de la pobreza latinoamericana) están en quiebra desde hace años.
La
idolatría por la democracia parlamentaria, primero, por el 'libre mercado'
después, no han cerrado su ciclo, pero han perdido gran parte de su capacidad
de atracción. Ahora se busca el entronque “social” la recuperación
institucional, la reparación parcial de la supuesta ausencia estatal. Debemos
partir de la sociedad civil para avanzar en el estado, para socavar las bases de
legitimación, de por sí endebles.
Creemos
que la situación actual atañe fuertemente a quienes buscamos cumplir una labor
intelectual transformadora. Hoy se nos ofrece, una vez más, un “progresismo”
que permite la crítica opositora pero no la resistencia, que circunscribe el
compromiso político a la pertenencia a partidos cada vez más reducidos al
papel de maquinarias electorales, o a organizaciones sociales que acepten un
papel sólo limitadamente crítico. A cambio de eso se puede conseguir un lugar
en la 'academia', y tal vez el acceso a los niveles “destacados”, a las
grandes editoriales y los medios masivos de comunicación. Como se escribiera
hace poco tiempo:
La sociedad posmoderna ofrece a los intelectuales gozar de plena libertad al precio de su irrelevancia. ( )
Hoy
se nos aparecen los gérmenes de iniciativa popular, emergentes de un cambio
seguramente muy gradual, que no pueden limitarse a combates de retaguardia en la
defensa, de éxito improbable, de lo que restaba del modelo de estado anterior,
sino buscando nuevas formas de actuación y de organización, revalorizando la
lucha ideológica, el papel de los medios, pero no absolutizándolo, procurando
la unión del “saber” con el “sentir”.
La
pregunta sobre cuál es el rol de los que estamos en el quehacer intelectual,
sigue en tanto vigente. Hemos asumido las “maneras de mesa” de la
pos-dictadura, el “pacifismo” intelectual que se resiste a llamar las cosas
por su nombre y a confrontar seriamente contra la desigualdad y la explotación.
“Intelectual” se convirtió casi en sinónimo de ex-militante, de alguien
que abandonaba las ideas de “compromiso” o de vinculación orgánica como
nociones trasnochadas, que habrían quedado en el pasado. Gramsci asociaba la
revolución pasiva con la absorción por el bloque en el poder de los
intelectuales de las clases subalternas, asimilándolos al propio proyecto y
privando de dirigentes y cuadros a cualquier proyecto alternativo. Exactamente
eso ha sucedido, y en una escala masiva.
En
nuestro país, la situación se complica porque el proyecto alternativo ha
dejado de estar claro, y eso no por responsabilidad exclusiva de los
intelectuales sino por el desenvolvimiento de las fuerzas históricas, por el
deterioro general del proyecto socialista. Se trata de reemprender el camino,
rechazando la ilusión del intelectual “puro” movido sólo por la “sed de
conocimiento” sin jugarse en la transformación de una realidad injusta. Eso
asumiendo el rol vital del “pesimismo de la inteligencia”, sustrato reflexivo indispensable de
la voluntad política.
Esta es tarea de una nueva generación, que no vivió la derrota y la 'noche' dictatorial, y tampoco se deslumbró con la 'transición democrática' y sus supuestas bondades. A ellos pertenece la rica herencia de la tradición gramsciana en la Argentina.
IV.
ALGUNAS CATEGORIAS DEL PENSAMIENTO GRAMSCIANO
BrevIsima presentación.
Sociedad
civil, sociedad política, estado.
El reconocimiento de la complejidad de sociedad y estado moderno es un punto de partida fundamental para Gramsci, hasta el punto de identificar la verdadera política revolucionaria con la precisa comprensión del fenómeno estatal
"El concepto de revolucionario y de internacionalista, en el sentido moderno de la palabra, es correlativo al concepto preciso de Estado y de clase: escasa comprensión del Estado significa escasa conciencia de clase (comprensión del Estado existe no solo cuando se lo defiende, sino cuando se lo ataca para transformarlo) (Pasado y Presente, p. 31)
Pero
junto al concepto de estado, no es menos importante para A.G. la comprensión
del de sociedad civil, cuyo mayor grado de desarrollo caracteriza a las
sociedades 'occidentales' (Cuadernos,
III, p. 157):
En Oriente el estado era todo, y la sociedad civil era primitiva y gelatinosa, en Occidente bajo el temblor del estado se evidenciaba una robusta estructura de la sociedad civil. El estado era solo una trinchera avanzada detrás de la cual se hallaba una robusta cadena de fortalezas y casamatas...esto exigía un cuidadoso reconocimiento de carácter nacional".
[...] en los estados mas avanzados, donde la “sociedad civil” se ha convertido en una estructura muy compleja y resistente a las “irrupciones catastróficas” del elemento económico inmediato (crisis, depresiones, etc.) las superestructuras de la sociedad civil son como el sistema de las trincheras de la guerra moderna (...) se trata de estudiar con “profundidad” cuáles son los elementos de la sociedad civil que corresponden a los sistemas de defensa en la guerra de posiciones.
En sus
formulaciones mas avanzadas, A.G. define al estado como la suma de las funciones
de dominio y hegemonía e incluso como la suma de sociedad política y sociedad
civil (Notas sobre Maquiavelo...,
p. 107):
Estado es todo el complejo de actividades prácticas y teóricas con las cuales la clase dirigente no solo justifica y mantiene su dominio sino también logra obtener el consenso activo de los gobernados.
Dice, en un estudio sobre Gramsci, Giuseppe Tamburrana:[2]
Cuando se habla de sociedad burguesa o feudal [...] mantenida coactivamente por las leyes, los jueces o la fuerza militar se entiende también un cierto modo de vivir y de pensar [...] una concepción del mundo difundida en la sociedad y sobre la cual se fundan las preferencias, los gustos, la moral, las costumbres [...] de la mayoría de los hombres vivientes en aquella sociedad. Este modo de ser y de actuar de los hombres, de los gobernados, es el puntal más importante del orden constituido; la fuerza material es una fuerza de reserva para los momentos excepcionales de crisis [...] Es este concepto el que interesa a Gramsci, y es lo que trata de definir, analizar y explicar.
Ese
es un “descubrimiento” clave, el del conformismo social que hace que se
preste adhesión espontánea, incluso activa a lo visto como habitual, normal y
por lo tanto “bueno”. La vida cotidiana se vive de acuerdo a preceptos
implícitos, incorporados a un “sentido común” de origen difuso, y
estructura fragmentada y autocontradictoria, pero dotado de una gran eficacia
cultural.
La
sociedad política es el ámbito de lo público, lo político-jurídico, la
coerción; la sociedad civil el de lo privado, de las relaciones “voluntarias”,
la construcción de consenso. A.G. las considera en algún pasaje como dos
grandes planos superestructurales, a la primera corresponde el Estado y el “dominio
directo” y a la segunda la función de hegemonía. (Cuadernos,
IV, p. 357)[3]
Pero
ambos niveles se entrecruzan. Por ejemplo el papel educativo-integrador del
derecho, destacado por Gramsci. En ocasiones A.G. identifica estado con sociedad
política, y en otros considera al estado como sociedad política más sociedad
civil (hegemonía revestida de coerción); en Cuadernos
III, p. 113:
En la política el error se produce por una inexacta comprensión de lo que es el Estado (en el significado integral: dictadura+hegemonía)
Como
dirá luego Althusser, Gramsci no se ciñe a la división (perteneciente a la
ideología burguesa) entre estatal-público y privado. La sociedad civil es la
sede de la capacidad de dirección, distinta de la capacidad de mando. Una
sociedad civil desarrollada corresponde a la mayor gravitación del consenso, y
es por lo tanto la base posible de una auténtica “hegemonía”. Y permite la
formación de “opinión pública” (Cuadernos
III, p. 196):
El Estado, cuando quiere iniciar una acción poco popular, crea preventivamente, la opinión pública adecuada, esto es, organiza y centraliza ciertos elementos de la sociedad civil [...] La opinión pública es el contenido político de la voluntad política pública que podría ser discordante: por eso existe la lucha por el monopolio de los órganos de la opinión pública; periódicos, partidos, parlamento, de modo que una sola fuerza modele la opinión y con ello la voluntad política nacional, convirtiendo a los disidentes en un polvillo individual e inorgánico.
Se
trata de mantener presente el peso del momento de la coerción, sea como
potencialidad (permanente) o como acto (en situaciones de crisis). Aun en el “estado
de derecho” de mejor funcionamiento, la fuerza aflora continuamente, aunque no
aparezca en el rol decisivo inmediato. Examinando la concepción gramsciana
sobre consenso y coerción Anderson[4]
afirma:
{...] la estructura normal del poder político capitalista en los estados democráticoburgueses está, en efecto, simultánea e indivisiblemente dominada por la cultura y determinada por la coerción.
El concepto del Estado
Estado (sociedad política + sociedad civil).
En
algunos pasajes, Gramsci caracteriza así al estado, incorporando a la sociedad
civil a su interior. En esa presentación el estado va mas allá de lo que se
considera jurídicamente como tal, e incorpora lo que Marx llamaba “los medios de producción ideológica”,
como la Iglesia, los partidos políticos, los sindicatos, que expanden una
visión del mundo y organizan a las masas. Es también en términos de la
relación dialéctica sociedad política-sociedad civil, que adhiere a la
visión del ideal comunista de desaparición del Estado: (Notas sobre Maquiavelo,
p. 123).[5]
un sistema de principios que afirmen como fin del estado su propio fin, [...] su propio desaparecer, o sea, la reabsorción de la sociedad política en la sociedad civil.
En Notas sobre Maquiavelo..., p. 164:
los hechos más importantes de la historia francesa desde 1870 hasta nuestros días no se han debido a iniciativas de organismos políticos derivados del sufragio universal sino a iniciativas de organismos privados [...] o de grandes funcionarios desconocidos por la gente del país, etc. Pero ¿que significa esto sino que por “Estado” debe entenderse no sólo el aparato gubernamental sino también el aparato “privado” de hegemonía o sociedad civil?
El ejemplo es luminoso: Aun en un país de tan elevado 'desarrollo estatal' como Francia, el estado en sentido jurídico-formal dista de ser el centro
exclusivo, y ni siquiera el principal, de la toma de decisiones.
En
la polémica sobre las funciones del Estado, el Estado vigilante nocturno quiere
significar “un Estado cuyas funciones se limitan a la tutela del orden
público y del respeto a la ley. No se insiste en el hecho de que en esta forma
de régimen (que, en realidad, no ha existido nunca o sólo ha existido como
hipótesis-límite, sobre el papel) la dirección del desarrollo histórico
pertenece a las fuerzas privadas, a la sociedad civil, que también es “Estado”,
o, mejor dicho, es el Estado.” (Notas sobre Maquiavelo..., p. 164) Gramsci
insinúa que en sociedades con estado jurídico mínimo, el estado real anida en
la sociedad civil.
A.G.
introduce así una noción ampliada del estado, que lleva como consecuencia la
idea de que el estado en sentido jurídico-político puede (y debería) ser
absorbido por la sociedad civil, en cuanto es expresión de dominio de clase
(Notas sobre Maquiavelo...p. 165):
[...] es preciso hacer constar que en la noción general del Estado entran elementos que deben ser referidos a la noción de sociedad civil (se podría señalar al respecto que Estado=sociedad política+sociedad civil, vale decir hegemonía revestida de coerción.) En una doctrina del Estado que conciba a éste como pasible de agotamiento parcial y de disolución en la sociedad regulada, el argumento es fundamental. El elemento Estado-coerción se puede considerar agotado a medida que se afirman elementos cada vez más conspicuos de sociedad regulada (o Estado ético o sociedad civil)
Gramsci incluso diferencia entre distintos niveles de desarrollo del estado, distintos modelos de organización. En Notas sobre Maquiavelo, p. 161:
"[...] cada Estado es ético en cuanto una de sus funciones más importantes es la de elevar a la gran masa de la población a un determinado nivel cultural y moral, nivel (o tipo) que corresponde a las necesidades de desarrollo de las fuerzas productivas, y por consiguiente, a los intereses de las clases dominantes."
Autonomía (o primacía) de lo político:
La pretensión (presentada como postulado esencial del materialismo histórico) de presentar y exponer cada fluctuación de la política y de la ideología como una expresión inmediata de la estructura, debe ser combatida teóricamente como un infantilismo primitivo, o prácticamente debe ser combatido con el testimonio auténtico de Marx... (Cuadernos III, p. 161)
Todo
en Gramsci es antideterminista y antieconomicista, no se trata de adoptar “posiciones
correctas” frente a las variaciones de las “condiciones objetivas” sino de
tomar la iniciativa política, de darle la 'primacía' a ese plano de la praxis
humana. Para A.G. el economicismo es manifestación de un grupo todavía
subalterno, que aún no ha adquirido conciencia de su fuerza y de sus
posibilidades y modos de desarrollo y por esto no sabe salir de la fase de
"primitivismo.” Mientras se mantienen las concepciones de este tipo
(Notas sobre Maquiavelo..., p. 54)
el grupo subalterno (...) se impide convertirse alguna vez en dominante, desarrollarse mas allá de la fase económico-corporativa para elevarse a la fase de la hegemonía ético-política en la sociedad civil y dominante en el Estado.
Otro
planteo interesante de A.G. al respecto es el de vincular estrechamente el “economicismo”
con las posiciones “ultras”(Notas sobre Maquiavelo...p. 61):
[...] la rígida aversión por principio a los compromisos y que tiene como manifestación subordinada lo que se puede denominar “el miedo a los peligros”.
Es evidente por qué la referida aversión está ligada estrechamente al economicismo (Notas sobre Maquiavelo..., p. 61-62)
"La concepción sobre la cual se funda esta aversión no puede ser otra que la certeza inquebrantable de que en el desarrollo histórico existen leyes objetivas del mismo carácter que las leyes naturales, a lo cual se agrega la creencia en un finalismo fatalista similar al religioso (...) Junto a estas convicciones fatalistas está sin embargo , la tendencia a confiar 'siempre', ciegamente y sin criterio, en la virtud reguladora de las armas, lo cual, por otro lado, no deja de tener algo de lógica y de coherencia, ya que se piensa que la intervención de la voluntad es útil para la destrucción, y no para la reconstrucción (...) La construcción es concebida
mecánicamente y no como construcción-reconstrucción."
En
el planteo de A.G., las clases no “instrumentan” al estado desde afuera,
sino que se unifican y constituyen en él, generan en ese espacio la verdadera
racionalidad política de clase. Trascienden así lo económico-corporativo, el
nivel de la defensa de intereses económicos inmediatos, para ingresar al plano
estratégico. A.G. admite la posibilidad de fisuras en la estrategia de clase,
del “error de cálculo” de las clases dirigentes, que no responden a
necesidad “estructural” alguna. También habla de posiciones tomadas por
cuestiones de cohesión interna, en suma decisiones políticas tampoco
explicables por la estructura. [cf. Cuadernos, III,
p. 162]
Revolución pasiva:
La
revolución en sentido clásico, “jacobino”,
es concebida como una transformación fundamental impulsada por iniciativa
popular. A.G.. se ocupa de otro camino de solución a las crisis orgánicas o de
hegemonía, la “revolución pasiva”.
Aplica este término a un proceso de transformación social sin momento “jacobino”,
que impulsa desde 'arriba ':
modificaciones moleculares que, en realidad, modifican progresivamente la composición anterior de las fuerzas y se convierten, por tanto, en matrices de nuevas modificaciones. (Notas sobre Maquiavelo..., p. 98)
La
clase dirigente se reagrupa y reorganiza, produce reformas, reacomoda su “visión
del mundo”, le da un lugar a clases que vienen de formaciones sociales
anteriores en el nuevo equilibrio de fuerzas.
En
otro pasaje, Gramsci define la revolución pasiva como “revolución-restauración”
en la cual las exigencias que en Francia hallaron una expresión
jacobina-napoleónica fueron satisfechas en pequeñas dosis, reformista y
legalmente. (Cuadernos IV, pp. 128-129). Mas allá de su eficacia
transformadora, la ideología de “restauración-revolución”
serviría
como elemento de una guerra de posiciones :
lo que política e ideológicamente importa es que el esquema puede tener y tiene la virtud de crear un período de espera y de esperanzas, especialmente en ciertos grupos sociales italianos, como las grandes masas de pequeños burgueses urbanos y rurales y, así poder mantener el sistema hegemónico militar y civil a disposición de las tradicionales clases dirigentes. (Cuadernos IV., p. 130)
Este tipo de procesos tiene una importante influencia negativa sobre la capacidad de lucha de las clases adversarias, como la caracteriza Buci-Glucksmann:
la revolución pasiva, dado que decapita a las direcciones de las clases adversarias y aliadas, las priva de su propio instrumento de lucha política y crea un obstáculo para su constitución en clases autónomas.[6]
La revolución pasiva y la revolución-restauración
expresarían el hecho histórico de la falta de iniciativa popular en el desarrollo de la historia (...) y el hecho de que el “progreso” tendría lugar como reacción de las clases dominantes al subversivismo esporádico e inorgánico de las masas populares con “restauraciones” que acogen cierta parte de las exigencias populares o sea “restauraciones progresistas” o “revoluciones-restauraciones” o también “revoluciones pasivas".
Espíritu de escisión.
Bajo
ese nombre o sus sinónimos “distinción”
o “separación”, A.G. se refiere a lo que hoy llamaríamos “construcción de identidad”,
convertir a las clases subalternas en un “nosotros”,
capaz a su vez de definir un “ellos”
que corporice al enemigo social.(Pasado y Presente, p. 220):
¿Qué se puede contraponer de parte de una clase renovadora a este formidable complejo de trincheras y fortificaciones de la clase dominante? El espíritu de escisión o sea la progresiva conquista de la conciencia de la propia personalidad histórica, espíritu de escisión que debe tender a prolongarse de la clase protagonista a las clases aliadas potenciales; todo esto requiere un complejo trabajo ideológico, cuya primera condición es el exacto conocimiento de la materia volcada en su elemento humano.[7]
La critica al economicismo:
Para
Gramsci ver el “interés material”, el “beneficio inmediato”
como el motor de la política se convierte en la razón de ser de un
materialismo histórico mutilado. Reivindica la importancia de la ideología, el
carácter de “fuerza material” que
pueden adquirir las creencias.
El análisis de las relaciones de fuerzas tiene que culminar en la esfera de la hegemonía y de las relaciones ético-políticas.
Siempre es necesaria una iniciativa política apropiada para liberar al impulso económico de las trabas de la política tradicional, o sea, para cambiar la dirección política de ciertas fuerzas que es preciso absorber para realizar un nuevo bloque histórico económico-político, homogéneo, sin contradicciones internas. (Notas sobre Maquiavelo..., p. 62)
La afirmación mecánica de la primacía de lo económico lleva a negar autonomía e importancia a la acción (Notas sobre Maquiavelo..., p. 55):
Es por lo menos extraña la actitud que el economismo asume con respecto a las expresiones de voluntad, de acción y de iniciativa política e intelectual, como si éstas no fuesen una emanación orgánica de necesidades económicas o, mejor aun, la única expresión eficiente de la economía.
Hay
que notar además, cierta paradoja en la producción de efectos por el
economicismo, en cuanto A.G. reconoce su “popularidad”, en el sentido de
poder de convicción de las masas (Notas sobre Maquiavelo..., p.
59):
En su forma más difundida de superstición economista, la filosofía de la praxis pierde gran parte de sus posibilidades de expansión cultural en la esfera superior del grupo intelectual, mientras que las gana entre las masas populares y entre los intelectuales de medianos alcances que no quieren fatigar su cerebro pero desean aparecer como muy astutos.
La contradicción existe: Lo que le da simplicidad, verosimilitud en términos 'populares', le mella a su vez el filo crítico y las posibilidades de articular una visión del mundo realmente operante.
[...] si la filosofía de la praxis (...) no reconoce la realidad de un momento de la hegemonía, no da importancia a la dirección intelectual y moral y juzga realmente como “apariencias” los hechos de la superestructura. [...] la fase más reciente del desarrollo de ésta consiste precisamente en la reivindicación del momento de la hegemonía como esencial en su concepción estatal y en la “valorización” del hecho cultural, de la actividad cultural, de un frente cultural como necesario junto a aquellos meramente económicos o meramente políticos. [Cuadernos, IV, p. 126].
Bloque histórico-Intelectuales.
Estas
categorías están ligadas a la forma de encarar la relación
base-superestructura, como compleja, mediada, contradictoria. La estructura y la
superestructura componen un “bloque histórico”.
Los
hombres, y las clases, toman conciencia de su situación en el terreno de la
ideología, es un concepto marxiano, invocado una y otra vez por A.G. Al
generar una propia visión del mundo, lo que se logra al poseer sus propios
intelectuales, y alcanzar una visión ético-política propia de la clase, se
excede la percepción meramente económica de los intereses clasistas. Ello le
permite conferir universalidad a sus intereses “estratégicos”, que tienden
a expandirse hacia otros grupos sociales, constituyendo la capacidad dirigente.
La toma de conciencia es así un proceso autónomo, que se genera al interior
del desarrollo histórico de un grupo social.
No
existe una conciencia “espontánea”,
derivada linealmente de la posición en el proceso de producción, ni una
conciencia “preconstituida” de clase, que se pueda transmitir y aprender como
un “evangelio”. Las clases subalternas llegan a las fases superiores de su
desarrollo en tanto que consiguen autonomía frente a las clases dominantes y
obtienen la adhesión de otros grupos políticos aliados o auxiliares.
Esa
adhesión se alcanza en la medida en que desarrollan una “contrahegemonía”
que cuestiona la visión del mundo, los modos de vivir y de pensar que las
clases dominantes han logrado expandir entre vastos sectores sociales. Se
desarrolla así el espíritu de “distinción”
y “escisión” existente en toda
sociedad, para convertirlo en crítica activa del “conformismo”
imperante. Gramsci valora el objetivo comunista de la transformación
contrahegemónica (Gramsci, Los intelectuales... p. 17):[8]
Para formar los dirigentes es fundamental partir de la siguiente premisa ¿Se quiere que existan siempre gobernados y gobernantes o, por el contrario, se desea crear las condiciones bajo las cuales desaparezca la necesidad de que exista tal división?
La
nota distintiva es así el quiebre de las jerarquías sociales, de la división
entre ciudad y campo, entre “intelectuales”
y “simples” y entre estado y sociedad civil, su subsunción en la
futura “sociedad regulada”,
superación definitiva del “estado-clase”
en el plano político.
Reforma
económica y reforma intelectual y moral, cambio de poder político y
construcción hegemónica parecen convertirse así en pares en vinculación
compleja, pero que no pueden realizarse uno sin el otro. Gramsci trabaja siempre
la distinción entre lo culto y lo popular, para plantear la necesidad de dar la
lucha en el terreno del lenguaje y la cultura del pueblo, para convertir el “sentido común”
en “buen sentido”.
A.G.
propugna un nuevo tipo de intelectual, distinto al de los tradicionales, más
ligado a funciones efectivas de dirección, incluso en la esfera económica.
El modo de ser del nuevo intelectual...ya no puede consistir en la elocuencia (...) sino en su participación activa en la vida práctica, como constructor, organizador, (...) a partir de la técnica-trabajo llega a la técnica-ciencia y a la concepción humanista histórica, sin la cual se permanece como “especialista” y no se llega a ser dirigente (especialista mas político) (Cuadernos IV, p. 382 ).
Le da importancia aquí al paso del intelectual tradicional (clérigo, abogado, profesor, etc.) al trabajador intelectual, vinculado más cercanamente a la producción, pero a su vez marca la necesidad de alcanzar una visión de conjunto de la sociedad y la historia para poder transformar al especialista en dirigente. (dirigente es igual a especialista + político en una formulación gramsciana) [Los intelectuales...p. 14.]
El italiano habla de
determinadas necesidades para cada movimiento cultural que tienda a sustituir al sentido común [...] trabajar sin cesar para elevar intelectualmente a más vastos estratos populares, esto es, para dar personalidad al amorfo elemento de masa, cosa que significa trabajar para suscitar elites de intelectuales de un tipo nuevo, que surjan directamente de la masa y que permanezcan en contacto con ella, para llegar a ser “ballenas de corsé”. (El Materialismo histórico...p. 23)[9]
Esta
necesidad, cuando es satisfecha, es la que modifica realmente el “panorama ideológico de una época”
(El Materialismo histórico..., pp. 17-18). Es interesante ver como Gramsci
plantea el situarse del intelectual en la relación entre sus convicciones
teóricas y la realidad en la que le toca actuar:
[...] la realidad es rica en las construcciones más raras y es el teórico quien debe, en esta rareza, encontrar la prueba de su teoría, “traducir” en lenguaje teórico los elementos de la vida histórica y no, viceversa, presentar la realidad según el esquema abstracto [...] esta concepción no es más que una expresión de pasividad (Pasado y Presente, p. 79).
Se
destaca aquí el carácter de la concepción de Gramsci sobre la capacidad
necesaria para “traducir” la realidad a términos teóricos, pues ambos planos, el
de la intelección y el real, tienen códigos diferentes. Toda la obra de
Gramsci puede ser entendida también como “traducción”
del comunismo a Occidente y a Italia en particular. Y este problema de “traducción”
se liga también a la dialéctica entre el “saber”
y el “comprender-sentir”, y la
imposibilidad de construir verdadero conocimiento sin pasión:
El elemento popular “siente” pero no siempre comprende o sabe. El elemento intelectual “sabe” pero no comprende o, particularmente, "siente". Los dos extremos son, por tanto, la pedantería y el filisteísmo por una parte, y la pasión ciega y el sectarismo por la otra. (...) El error del intelectual consiste en creer que se pueda saber sin comprender y, especialmente, sin sentir ni ser apasionado (...) esto es, que el intelectual pueda ser tal (y no un puro pedante) si se halla separado del pueblo-nación..." (Materialismo Histórico...p. 124)
Los intelectuales orgánicos:
Cada
clase social fundamental tiende a crearse su propio grupo de intelectuales, que
le da homogeneidad y conciencia, en el terreno económico, pero también en el
político y el cultural. (cf. Los Intelectuales..., p. 9) Gramsci se pronuncia
contra la falsa noción de la independencia de los intelectuales, contra la
asimilación de ellos a los “hombres de letras”
y relativizando la división entre “intelectuales”
y “simples”, quebrando la
individualidad del intelectual en la figura del “intelectual colectivo”
de la clase obrera. Gramsci plantea la extensión del concepto:
[...] no solamente esas capas sociales a las que llamamos tradicionalmente intelectuales, sino en general toda la masa social que ejerce funciones de organización [...] ya sea en el dominio de la producción, la cultura, la administración pública.
En
ese entendimiento, todo miembro activo de un partido, por cumplir funciones
organizativas, es un intelectual. Pero ya no un “intelectual tradicional”
de tendencias individualistas y elitistas, sino un “intelectual orgánico” surgido de las masas y ligado a ellas
[...] no existe una clase independiente de intelectuales, cada grupo social tiene una categoría propia de intelectuales o tiende a formarla; los intelectuales de la clase históricamente (y realistamente) progresista, en las condiciones dadas, ejercen un poder tal de atracción que termina, en último análisis, por subordinar a los intelectuales de los otros grupos sociales, y por crear un sistema de solidaridad entre todos los intelectuales con ligamentos de orden psicológico (vanidad, etc.) y frecuentemente de casta (técnico-jurídicos, corporativos, etc.) (ídem anterior).
En la sociedad capitalista, los empresarios son también intelectuales, al menos en lo que incumbe a sus funciones de organización y dirección:
“Si
no todos los empresarios, por lo menos una elite de ellos debe tener capacidad
para la organización de la sociedad en general, en todo su complejo organismo
de servicios hasta la misma organización estatal, dada la necesidad de crear
las condiciones más favorables para la expansión de la propia clase, o como
mínimo debe poseer la capacidad para seleccionar “los encargados”
(empleados especializados) a los que se pueda confiar esa actividad organizativa
de las relaciones generales externas de la empresa..." (Los
Intelectuales...p. 10)
El
intelectual orgánico se diferencia de los intelectuales “tradicionales”,
categorías intelectuales preexistentes, que se conservan a sí mismas como “autónomas
e independientes del grupo social dominante”. Gramsci expone sucintamente la
tarea fundamental de los intelectuales de nuevo tipo, ligados a la clase obrera:
elaborar críticamente la actividad que existe en cada uno [...] y logrando que el esfuerzo nervioso-muscular, en tanto elemento de una actividad práctica general que renueva constantemente el mundo físico y social, llegue a ser el fundamento de una nueva e integral concepción del mundo. (Los Intelectuales... p. 13)
Previamente,
A.G. había caracterizado al “nuevo intelectual”
como “[...] intelectual-constructor, organizador”,
“persuasor permanente” e incluso
superior al espíritu abstracto matemático:
de
la técnica-trabajo llega a la técnica-ciencia y a la concepción “humanista-histórica”,
sin la cual se permanece como “especialista”
y no se llega a “dirigente”
(especialista de la política) (Cuadernos,
II, p. 226).
Cabe
aclarar que no hay que pensar en una relación simétrica intelectuales =
hegemonía. Afirma A.G. :
Los intelectuales son los “empleados” del grupo dominante para el ejercicio de las funciones subalternas de la hegemonía social y del gobierno político, a saber: 1) del “consenso” espontáneo que las grandes masas de la población dan a la dirección impuesta a la vida social por el grupo fundamental dominante, consenso que históricamente nace del prestigio (y por lo tanto de la confianza) que el grupo dominante deriva de su posición y de su función en el mundo de la producción. 2) del aparato de coerción estatal que asegura “legalmente” la disciplina de aquellos grupos que no “consienten” ni activa ni pasivamente, pero que está preparado para toda la sociedad en previsión de los momentos de crisis en el comando y en la dirección, casos en que no se da el consenso espontáneo (Los intelectuales...p. 16).
La coerción ocupa un segundo lugar en las sociedades hegemónicas, pero puede pasar al primero en momentos de crisis.
Los intelectuales deben autoconcebirse como un fenómeno radicalmente nuevo:
Una nueva situación histórica crea una nueva superestructura ideológica, cuyos representantes (los intelectuales) deben ser concebidos también ellos como “nuevos intelectuales”, nacidos de la nueva situación y no como continuación de la intelectualidad precedente. Si los “nuevos intelectuales” se conciben a sí mismos como continuación directa de la intelectualidad precedente, no son en absoluto “nuevos”, no están ligados al nuevo grupo social del que era expresión la vieja intelectualidad [...] Si es tarea de los intelectuales la de determinar y organizar la revolución cultural, o sea de adecuar la cultura a la función práctica, es evidente que los intelectuales cristalizados son reaccionarios, etc. (C, III, p. 302)
La autoconciencia significa históricamente creación de una vanguardia de intelectuales:
“una masa no se "distingue" y no se vuelve independiente "por sí misma" sin organizarse [...] y no hay organización sin intelectuales o sea sin organizadores y dirigentes,... (Cuadernos, IV, p. 253).
Crisis orgánica:
Es
el sacudimiento del “bloque histórico” completo, la crisis que abarca tanto
la pérdida de hegemonía como de la posibilidad de los dominantes de hacer
avanzar la economía, afectando a la estructura y a la hegemonía creada. Puede
prolongarse mucho tiempo sin resolverse, y su “solución” puede venir desde
arriba o desde abajo:
la vieja sociedad resiste y se asegura un período de respiro, exterminando físicamente a la elite adversaria y aterrorizando a las masas de reserva.
Un
período de represión aguda puede resolver la crisis orgánica por destrucción
del elemento dirigente de las clases subalternas. Se hace referencia también a
la crisis de hegemonía, en la que se rompe el vínculo
representantes-representados, y por lo tanto las corporaciones (sindicatos,
Iglesia, Fuerzas Armadas) recobran predominio. Es una crisis del estado en su
conjunto, en el que la clase dirigente ve puesta en tela de juicio su “autoridad”
sea por un fracaso propio en una empresa política de envergadura, sea por la
movilización activa y consciente de amplias capas sociales antes inactivas.
(Notas sobre Maquiavelo..., p. 76-77). Estas crisis de hegemonía son
una lucha entre “dos conformismos”. Los viejos dirigentes intelectuales y morales de la sociedad sienten que se les hunde el terreno bajo los pies, se dan cuenta de que sus “prédicas” se han convertido precisamente en “prédicas”, es decir, en algo ajeno a la realidad, en pura forma sin contenido, en larva sin espíritu; de aquí su desesperación y sus tendencias reaccionarias y conservadoras: la forma particular de civilización, de cultura, de moralidad que ellos han representado, se descompone y por esto proclaman la muerte de toda civilización, de toda cultura, de toda moralidad y piden al Estado que adopte medidas represivas, y se constituyen en un grupo de resistencia apartado del proceso histórico real, aumentando de este modo la duración de la crisis, porque el ocaso de un modo de vivir y de pensar no puede producirse sin crisis. (Notas sobre Maquiavelo... p. 185-186)
Los poderes corporativos pueden reconstruir la autoridad del estado si no se produce una iniciativa popular que lo impida.
Crisis de autoridad:
Si
la clase dominante ha perdido el consenso, entonces no es más “dirigente”,
sino únicamente dominante, detentadora de la pura fuerza coercitiva, lo que
significa que las clases dominantes se han separado de las ideologías
tradicionales, no creen más en lo que creían antes. La crisis consiste
justamente en que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer, y en este terreno se
verifican los fenómenos morbosos más diversos. (Pasado y Presente, p. 56)
El papel del sentido común:
Los
fenómenos ideológico-políticos presentan un tratamiento especial en Gramsci,
que no se preocupa sólo por los “sistemas de pensamiento” elaborados y
coherentes, sino por las manifestaciones dispersas y autocontradictorias que
conforman el sentido común, en el que anidan formas de pensar de los más
disímiles orígenes. A.G.. trata de construir una actitud concreta (y compleja)
del revolucionario frente al sentido común, que no 'capitule' ante sus
prejuicios, renunciando a 'educarlo'. Al decir de Paoli, Gramsci se pregunta por
“los procesos mediante los cuales las masas llegan a vivir la unidad entre la teoría y la praxis,[10]
en el entendimiento de que los contenidos del sentido común abarcan una concepción del mundo, aunque no elaborada de modo consciente y crítico:
sentido común es la concepción del mundo difundido en una época histórica en la masa popular. (Cuadernos, III, p. 327).
Siempre
existe un conformismo, un sentido de la “normalidad”
de lo que siempre fue, y el sentido común expresa este conformismo. Los
intelectuales que devienen “dirigentes”
(especialista más político) pueden reorientar el sentido común en un sentido
anticonformista y transformador, desarrollando los “núcleos de buen sentido”
que aquél alberga. A.G. advierte sobre la heterogeneidad del sentido común:
El sentido común es un agregado desordenado de concepciones filosóficas y en él se puede encontrar todo lo que se quiere. (Cuadernos, t. III, p. 304)
Dominio, dirección intelectual y moral, hegemonía
El
primero se identifica con la “liquidación” o a lo sumo la “neutralización”,
y se destina a los grupos enemigos. La segunda se dirige a los aliados (o a las
clases subordinadas a las que se quiere “dirigir”), tiende a captar la
adhesión de otros grupos sociales mediante el consenso, por medio de la
expansión de una visión del mundo compartida.
En
cuanto al término hegemonía fue una de las categorías políticas de mayor
centralidad en el movimiento socialdemócrata ruso desde finales de 1908 hasta
1917. La idea que lo animaba empezó a aparecer en primer lugar en los escritos
de Plejanov en 1883-1884, donde insistía en la imperativa necesidad para la
clase obrera rusa de emprender una lucha política contra el zarismo, y no
solamente una lucha económica contra sus patrones. El propio Lenin contrapuso
repetidamente una fase “hegemónica” a otra “gremial”
o “corporativista” dentro de la
política proletaria. Anderson destaca que en los primeros congresos de la
Internacional Comunista se siguió utilizando el término,[11]
como sinónimo de la asunción por el proletariado del papel de guía del
conjunto de la población trabajadora y explotada. Será Gramsci el que extienda
la noción de hegemonía desde su aplicación original a las perspectivas de la
clase obrera...a los mecanismos de la dominación burguesa sobre la clase obrera
en una sociedad capitalista estabilizada.[12]
Al
decir de H. Portelli, el concepto leninista y el gramsciano de hegemonía se
separan en un punto central, ya que este último da preeminencia a la “dirección cultural e ideológica”
(Portelli, p. 70). En el famoso parágrafo de los Cuadernos... llamada “Análisis de situaciones y relaciones de fuerzas.”
A.G. caracteriza el “momento” de la hegemonía:
donde se logra la conciencia de que los propios intereses corporativos, en su desarrollo actual y futuro, superan los límites de la corporación, de un grupo puramente económico y pueden y deben convertirse en los intereses de otros grupos subordinados. Esta es la fase más estrictamente política, que señala el neto pasaje de la estructura a la esfera de las superestructuras complejas, [...] determinando además los fines económicos y políticos, la unidad intelectual y moral, planteando todas las cuestiones en torno a las cuales hierve la lucha, no sobre un plano corporativo sino sobre un plano “universal” y creando así la hegemonía de un grupo social fundamental sobre una serie de grupos subordinados. (Notas sobre Maquiavelo..., p. 72)
Aquí la hegemonía está concebida como la construcción que permite el paso a una esfera de dirección intelectual y moral, hasta el punto de que la clase pase del particularismo al universalismo y dirija así a otros grupos sociales.
Escribe F. Piñón:
hegemonía no es una simple mezcla o alianza del dominio y el consenso...sino hegemonía social, propia no del gobierno político o “dominio directo”, sino relativa al “consenso espontáneo” dado por las grandes masas de la población a la dirección de la vida social impuesta por el grupo gobernante [...][13]
El proletariado se convertirá en dirigente
mientras se proponga crear un sistema de alianzas de clase que le permita movilizar a la mayoría de la población trabajadora contra el capitalismo y el Estado burgués.
Un grupo social [...] es dominante de los grupos adversarios que tiende a liquidar o a someter aun con la fuerza armada y es dirigente de los grupos afines o aliados.
La supremacía de un grupo social se manifiesta de dos maneras, como dominio y como dirección intelectual y moral. (Il Risorgimento, p. 70)[14]
La
hegemonía es así el predominio intelectual y moral, diferente del “dominio”
en el que se encarna el momento de la coerción, pero esa “dirección” tiene raíces en la base, componentes materiales junto
a los “espirituales”. Es una
acción con elementos tanto “materiales”
como “ideales”: No hay hegemonía
sin base estructural, la clase hegemónica debe ser una clase principal de la
estructura de la sociedad, que pueda aparecer como la clase progresiva, que
realiza los intereses de toda la sociedad.
Un elemento constitutivo de la hegemonía es el compromiso, la capacidad para sacrificar ciertos intereses, para matizar la propia forma de ver el mundo. La hegemonía es así
formación y superación continua de equilibrios inestables [...] entre los intereses del grupo fundamental y de los grupos subordinados, equilibrios en los que los intereses del grupo dominante prevalecen hasta cierto punto, o sea hasta el punto en que chocan con el mezquino interés económico-corporativo.
Una clase hegemónica necesita desarrollar conciencia de la necesidad de sacrificar en parte sus intereses inmediatos, de efectuar concesiones materiales, de modo tal de tomar en cuenta efectivamente
los intereses y las tendencias de los grupos sobre los cuales se ejerce la hegemonía” en búsqueda de un cierto “equilibrio de compromiso” (Notas sobre Maquiavelo..., . p. 55).
En
parecido sentido, A.G. afirma:
[...] es evidente que estos sacrificios y estos compromisos no pueden referirse a lo esencial, pues si la hegemonía es ético-política, no puede dejar de ser también económica, no puede no tener su fundamento en la función decisiva que el grupo dirigente ejerce en el núcleo decisivo de la actividad económica. (Notas sobre Maquiavelo..., p. 55).
Una
clase hegemónica es aquélla que ha adquirido capacidad de orientar y dirigir a
otras clases, sean clases aliadas (auxiliares) sea a clases subordinadas (hay
quien limita la noción de hegemonía a la dirección que se ejerce sobre grupos
afines o “auxiliares”), lo que sólo puede hacerse luego de superado el
nivel de conciencia económico-corporativo y generado una “visión del mundo”
propia, sus propios hábitos y valores. Gramsci analiza la fuerza del planteo
liberal que le ha dado la hegemonía:
[...] el programa liberal crea el Estado ético, el estado que idealmente está por encima de la competición entre las clases [...] Ese estado es una aspiración mas que una realidad política [...] pero precisamente esa su naturaleza de espejismo es lo que le da vigor y hace de él una fuerza conservadora. La esperanza de que acabe por realizarse en su perfección es la que da a muchos la fuerza necesaria para no renegar de él y no intentar por tanto sustituirlo.
Esta
afirmación de A.G. es importantísima: La “independencia” del estado frente
a los grupos de poder, su compromiso exclusivo con el “bien común” no se
realiza, pero la situación es presentada como una “imperfección” del
sistema, que habría que desarrollar y profundizar. La “verdadera”
democracia siempre está en el futuro, pero mientras esa creencia se sustente,
se la sigue esperando por tiempo indefinido.
La ascendencia cultural de una clase consigue
no sólo una unificación de los objetivos económicos y político, sino también la unidad intelectual y moral, planteando todas las cuestiones sobre las que surge la lucha no en un plano corporativista, sino universal. Crea así la hegemonía de un grupo social fundamental sobre una serie de grupos subordinados.
Como
señala Anderson, existen dos conceptos de hegemonía, a) al interior de las
clases dominadas, en relación a la formación de un nuevo bloque histórico, o
b) entre clases antagónicas, que buscan obtener un consentimiento voluntario y
activo de las clases subordinadas. El
proletariado consciente necesita convertirse en clase “nacional” para
adquirir capacidad de dirección sobre sectores que son nacionales y hasta “locales”,
aunque sea una clase de carácter internacional. A través de su “intelectual colectivo” (el partido, organismo portador de una
nueva concepción del mundo), realiza la unión política e ideológica de las
clases subalternas, a las que agrupa en
un conjunto armonioso de “energías nacionales.”
La “filosofía de la praxis” se
convierte en visión del mundo de toda la nación.
El ejercicio “normal” de la hegemonía en el terreno devenido clásico del régimen parlamentario se caracteriza por la combinación de la fuerza y el consenso, que se equilibran en formas variadas, sin que la fuerza rebase demasiado al consenso, o mejor tratando que la fuerza aparezca apoyada por el consenso de la mayoría que se expresa a través de los órganos de la opinión pública -periódicos y asociaciones-, los cuales, con ese fin, son multiplicados artificialmente. Entre el consenso y la fuerza está la corrupción-fraude (que es característica de ciertas situaciones de ejercicio difícil de la función hegemónica, presentando demasiados peligros el empleo de la fuerza), la cual tiende a enervar y paralizar las fuerzas antagónicas atrayendo a sus dirigentes, tanto en forma encubierta como abierta, cuando existe un peligro inmediato, llevando así la confusión y el desorden a las filas enemigas. (Notas sobre Maquiavelo...p. 135-136).
El italiano toma en consideración el sustento institucional de la hegemonía, los órganos concretos de producción hegemónica (Notas sobre Maquiavelo..., p. 161):
“La escuela como función educativa positiva y los tribunales como función educativa represiva y negativa, son las actividades estatales más importantes en tal sentido. Pero en realidad, hacia el logro de dicho fin tienden una multiplicidad de otras iniciativas y actividades denominadas privadas, que forman el aparato de la hegemonía política y cultural de las clases dominantes.
A. G destaca que la constitución de los aparatos productores de hegemonía atraviesan la esfera estatal y privada, para articularse en un accionar disperso en su forma pero con un sentido unitario en su contenido. Y también (Notas sobre Maquiavelo...p. 162):
El Estado tiene y pide el consenso, pero también lo educa por medio de las asociaciones políticas y sindicales, que son sin embargo organismos privados, dejados a la iniciativa privada de la clase dirigente.
Aparece así la construcción cotidiana del consentimiento otorgado al orden social imperante.
A.G. analiza también la posibilidad (y necesidad) de construir hegemonía antes de
conquistar el estado. Podría decirse también que una clase subalterna
fundamental puede lograr su capacidad de dirección, tomar las “casamatas”
del dominio de clase. Dice José Aricó (Prologo a a
Notas sobre Maquiavelo..., p. 19):
Para el proletariado la conquista del poder no puede consistir simplemente en la conquista de los órganos de coerción (aparato
burocrático-militar) sino también y previamente en la conquista de las masas.
Guerra de movimiento - guerra de posiciones:
Con
esa metáfora militar tomada de la guerra europea de 1914, el pensador italiano
alude al cambio del carácter de la lucha política a medida que las sociedades
ganan en complejidad, con un mayor desarrollo tanto del aparato estatal como de
la sociedad civil (que se convierten en el equivalente a las “trincheras” de
la guerra de posición). En esas condiciones la fórmula de la 'revolución
permanente', que A.G. data en 1848 es sometida a una reelaboración, encontrando
la ciencia política su superación en la fórmula de “hegemonía civil”.
En el arte político ocurre lo mismo que en el arte militar: la guerra de movimiento deviene cada vez más guerra de posición y se puede decir que un Estado vence en una guerra, en cuanto la prepara minuciosa y técnicamente en tiempos de paz. Las estructuras macizas de las democracias modernas, tanto como organizaciones estatales que como complejo de asociaciones operantes en la vida civil, representan en el dominio del arte político lo mismo que las “trincheras” y las fortificaciones permanentes del frente en la guerra de posición [...] (Notas sobre Maquiavelo..., p. 113).
El
elemento “movimiento” (confrontación directa) sigue existiendo, pero como
un componente parcial de un todo más amplio, o en palabras del propio A.G., el
desarrollo de nuevos organismos sociales:
tornan sólo “parcial” el elemento del movimiento que antes constituía “todo” en la guerra. (Notas sobre Maquiavelo...ídem anterior).
De ese modo, la guerra de posiciones suplanta a la guerra de movimientos, en todo lo que signifique tomar posiciones decisivas.
En la política subsiste la guerra de movimientos hasta que se trata de conquistar posiciones no decisivas y, por consiguiente, no son movilizables todos los recursos de la hegemonía del Estado; pero cuando por una razón u otra estas posiciones han perdido su valor y sólo tienen importancia las decisivas, se pasa a la guerra de asedio, dura, difícil, en la que se requieren cualidades excepcionales de paciencia y del espíritu inventivo. (Pasado y Presente, p. 71)
Se puede confundir una guerra con la otra:
En la política el error se debe a una comprensión inexacta de lo que es el Estado (en el significado integral: dictadura más hegemonía). (Cuadernos, III, p. 113)
Aquí
A.G. señala uno de los errores ultraizquierdistas más clásicos: El querer
destruir una formación social hegemónica por medio de la pura fuerza militar,
ignorando la importancia de la lucha cultural.
A.G.
asimila los dos tipos de guerra a la discusión con la teoría de la revolución
permanente, y a la teoría de la hegemonía:
[...] la guerra de posiciones en política es el concepto de hegemonía, que sólo puede nacer del advenimiento de ciertas premisas, a saber las grandes organizaciones populares de tipo moderno, que representan como las “trincheras” y las fortificaciones permanentes de la guerra de posiciones. (C, III, p. 244)
Estado
represivo y estado ampliado o “pleno”.
Gramsci
percibe y teoriza la función del estado en la creación de consenso. Y a la
vez, rastrea la toma de “iniciativas” fuera de los organismos políticos
derivados del sufragio, en las organizaciones que pasan por “privadas”, por
lo tanto considera como parte del Estado a el aparato privado de “hegemonía”
o sociedad civil (Notas sobre Maquiavelo, p. 164).
También
Gramsci distingue entre Estado-coerción y Estado-ético. En la medida que se ponga en marcha la transición al
comunismo, y aparezcan elementos de sociedad sin estado y sin clases, el
estado-coerción va a ir agotándose, pero no sin una fase de “organización coercitiva”
que tutelará el desarrollo de los elementos de “sociedad regulada”.
Todo indica que, en el particular lenguaje gramsciano, esto expresa la transición al comunismo a
partir de la constitución de la dictadura del proletariado, en una forma
distinta al 'modelo' ruso.
Catarsis:
Este
término designa para A.G. el momento decisivo en la construcción de la
subjetividad, el paso de una situación de subordinación a una de actividad
transformadora por parte de las clases subalternas. La clase que pasa del plano
económico-corporativo al ético-político comienza a disputar poder, a romper
su subordinación y cobrar iniciativa histórica (El Materialismo histórico...,
p. 40):
Se puede emplear el término “catarsis” para indicar el paso del momento meramente económico (o egoísta-pasional) al momento ético-político, esto es, la elaboración superior de la estructura en superestructura en la conciencia de los hombres. Ello significa también el paso de lo “objetivo a lo subjetivo” y de la necesidad a la libertad. La estructura de fuerza exterior que subyuga al hombre, lo asimila, lo hace pasivo, se transforma en medio de la libertad, en instrumento para crear una nueva forma ético-política, en origen de nuevas iniciativas. La fijación del momento catártico deviene así, me parece, el punto de partida de toda la filosofía de la praxis.
El partido:
Es la fuerza unificadora de la clase, el ámbito de formación del núcleo dirigente de la misma, y de desarrollo de espíritu innovador, de ataque práctico a la clase dirigente tradicional., a través de la elaboración de la conciencia de cuestionamiento activo. El partido tiene la visión política general que no anida en organizaciones de finalidad económico-corporativa. Gramsci considera el partido
[...] como el resultado de un proceso dialéctico, punto de convergencia del movimiento espontáneo de las masas revolucionarias y de la voluntad organizativa y dirigente del centro.
La herramienta de organización política (Notas sobre Maquiavelo..., p. 44)
no puede ser en la época moderna un héroe personal sino que debe ser el partido político, es decir (...) el partido político determinado que se propone fundar un nuevo tipo de Estado (y ha sido racional e históricamente fundado con este fin).
O en otra formulación (Notas sobre Maquiavelo..., p. 28):
El moderno príncipe, el mito-príncipe, no puede ser una persona real, un individuo concreto; sólo puede ser un organismo, un elemento de sociedad complejo en el cual comience a concretarse una voluntad colectiva reconocida y afirmada parcialmente en la acción. Este organismo ya ha sido dado por el desarrollo histórico y es el partido político: la primera célula en la que se resumen los gérmenes de voluntad colectiva que tienden a devenir universales y totales.
Las
grandes tareas del partido, las de alcance histórica son para A.G. (Cuadernos III,
p. 228):
[...] formación de una voluntad colectiva nacional-popular de la que el Moderno Príncipe es precisamente la expresión activa y operante y reforma intelectual y moral.
El
programa de acción del partido debe ser incorporado en clave de contribución a
la constitución y fortalecimiento de una voluntad colectiva, y por lo tanto
desprenderse dramáticamente del discurso y no ser reducido a “frías
abstracciones”. En cuanto al papel del partido en la reforma intelectual y
moral considera que éste trastorna todas las relaciones morales e intelectuales
y
toma el lugar, en las conciencias, de la divinidad y del imperativo categórico, él es la base de un laicismo moderno y de una completa laicización de toda la vida y de todas las relaciones de conducta. (C, III, 228).
La
relación entre partido y grupo social, es vista por A.G. no como una relación
instrumental, de representación directa de intereses, sino como una actividad
de construcción hegemónica, que construye alianzas en base a la búsqueda de
'equilibrios' sociales:
Cada partido es la expresión de un grupo social y nada más que de un solo grupo social. Sin embargo, en determinadas condiciones sociales, algunos partidos representan un solo grupo social en cuanto ejercen una función de equilibrio y de arbitraje entre los intereses del propio grupo y el de los demás grupos y procuran que el desarrollo del grupo representado se produzca con el consentimiento y con la ayuda de los grupos aliados, y en algunos casos con el de los grupos adversarios más hostiles. (Notas sobre Maquiavelo, p. 44).
Esa identificación de partido-grupo social se complica en muchas situaciones, y los partidos se dividen en fracciones que actúan de modo independiente, por eso
(...) El Estado Mayor intelectual del partido orgánico (...) actúa como si fuese una fuerza dirigente por completo independiente, superior a los partidos y a veces considerada así por el público. (Notas sobre Maquiavelo, p. 84)
Es decir que la verdadera dirección política de la clase dominante, está en ocasiones por fuera de la estructura formal de los partidos.
Dice Biagio de Giovanni:
Su reflexión sobre el partido parte de una atención extremadamente determinada sobre la necesidad de que la iniciativa del partido deje filtrar realmente a través de su propia obra de dirección la productividad política de las masas. El riesgo principal es visto en la caída de esta relación.[15]
Este orden de fenómenos está relacionado con una de las cuestiones más importantes que se refieren al partido político, es decir a la capacidad del partido para reaccionar contra el espíritu de costumbre, contra las tendencias a momificarse y a volverse anacrónico [...] La burocracia es la fuerza consuetudinaria y conservadora más peligrosa; si termina por constituir un cuerpo solidario, cerrado en sí, que se siente independiente de la masa, el partido termina por volverse anacrónico, y en los momentos de crisis aguda se vacía de su contenido social y queda en el aire. [16]
En la línea permanente de Gramsci, la relación partido-clase es de doble vuelta
si es verdad que los partidos no son sino la nomenclatura de las clases, también es cierto que los partidos no son solamente una expresión mecánica y pasiva de las clases mismas, sino que reaccionan enérgicamente sobre ellas para desarrollarlas, extenderlas, universalizarlas. (Gramsci, A, p. 387). (Confirmar cita)
Además
A.G. toma en sentido dinámico esta vinculación partido-clase:
[...] la verdad teórica según la cual cada clase tiene un sólo partido, está demostrada en los cambios decisivos por el hecho de que los distintos agrupamientos, que se presentaban cada uno como partidos “independientes”, se reúnen y forman un bloque único. (Notas sobre Maquiavelo,... p. 53)
Por
otra parte, A.G. da importancia a un “tercer tipo” de organizaciones, que no
son partidos ni órganos de defensa económica, tales como los consejos obreros
y los clubes de cultura, que pueden cumplir funciones unificadoras del conjunto
de la clase, mas allá de las fronteras partidarias, participar en el proceso de
“catarsis” que marca el paso de la conciencia
económica-corporativa al momento ético-político.
Grande y pequeña política:
A.G.
diferencia entre estos dos términos polares, la primera es aplicable a la
confrontación, a la búsqueda de crear
nuevas formaciones económico-sociales y nuevos Estados:
La gran política comprende las cuestiones vinculadas con la función de nuevos Estados, con la lucha por la destrucción, la defensa, la conservación de determinadas estructuras orgánicas económico-sociales. (Notas sobre Maquiavelo..., p. 174)
Corresponde a los movimientos orgánicos, a la totalidad de la sociedad, por oposición a la “política del día” (Notas sobre Maquiavelo..., p 175).
Gramsci grafica la diferencia sustancial entre una y otra política con una afirmación de apariencia paradójica:
Gran política es, por lo tanto, la tentativa de excluir la gran política del ámbito interno de la vida estatal y de reducir todo a política pequeña. (Notas sobre Maquiavelo... p. 175)
Es
decir, que la lucha de clases no llegue a manifestarse en el campo estatal, que
la discusión y la lucha a su interior se reduzca a las cuestiones cotidianas,
de “administración” del tipo de sociedad imperante y los intereses
predominantes en ella. Este constituye un objetivo fundamental, de “gran política”
de las clases dominantes, empeñadas en reservarse con carácter exclusivo los
aspectos estratégicos de la acción política.
Transformismo:
Gramsci caracteriza el transformismo como
la absorción gradual, pero continua y obtenida con métodos diversos según su eficacia, de los elementos activos surgidos de los grupos aliados, e incluso de aquellos adversarios que parecían enemigos irreconciliables. En este sentido la dirección política ha devenido un aspecto de la función de dominio, en cuanto la asimilación de las elites de los grupos enemigos los decapita y aniquila por un período frecuentemente muy largo (C, 387).
De esa manera la clase dirigente absorbe a los intelectuales de otras clases, enriquece su enfoque político-cultural y aumenta su capacidad hegemónica. El transformismo es un fenómeno en cuya producción ingresa tanto la capacidad de expansión y de adquisición de universalidad del grupo dominante y su producción ideológica, como la corrupción y el efecto desmoralizador de las derrotas políticas de los grupos subordinados.
Si en los momentos decisivos los jefes pasan a su “verdadero partido” las masas quedan truncas en su impulso, inerte y sin eficacia. (Notas sobre Maquiavelo..., p. 53)
A.G.
considera al transformismo como una de las formas históricas de la “revolución pasiva”
y como “documento histórico real”
de la real naturaleza de los partidos que se presentaban como extremistas en el
período de la acción militante, pero suelen virar hacia la burguesía en los
momentos de reflujo. (Cuadernos, III, p. 235)
Bloque Histórico.
Si las relaciones entre intelectuales y pueblo-nación, entre dirigentes y dirigidos -entre gobernantes y gobernados- son dadas por una adhesión orgánica, en la cual el sentimiento-pasión, deviene en comprensión y por lo tanto, saber [...] sólo entonces la relación es de representación y se produce el intercambio de elementos individuales entre gobernantes y gobernados, entre dirigentes y dirigidos; sólo entonces se realiza la vida de conjunto, la única que es fuerza social. Se crea el bloque histórico. (Materialismo Histórico, p. 124).
Aquí
aparece la configuración del bloque histórico a partir de la identificación,
racional y emotiva, entre intelectuales y pueblo, del quiebre de la distinción
entre intelectuales y simples. A.G. señala la importancia de la conformación
de una volunta nacional-popular, nacida de la expansión de una visión del
mundo a las masas. El bloque histórico sería una suerte de unidad de la
totalidad social, que parte desde la base hasta las expresiones de la
superestructura.
Es en cambio, necesario atraer la atención hacia el presente tal como es, si se quiere transformarlo. Pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad. (Pasado y presente, p. 19)
Gramsci advierte contra la tendencia a disminuir al adversario, y luego dar explicaciones autocomplacientes cuando éste triunfa, lo que indica la metáfora 'la cola del diablo':
No se piensa en que si el adversario te domina y tú lo disminuyes, reconoces estar dominado por uno que consideras inferior; pero entonces ¿cómo consiguió dominarte? ¿Cómo te venció siempre y fue superior a ti, aun en el momento decisivo que debía dar la medida de tu superioridad y tu inferioridad? Ciertamente que estará de por medio la “cola del diablo”. Pues bien, aprende a tener la cola del diablo de tu parte. (Pasado y Presente, p. 20)
La
cuestión de no disminuir al adversario, y de atreverse a enfrentar a sus
elementos más fuertes y complejos y no a los vulnerables es importante. Lo
mismo que la preocupación intelectual de no reducir a “alucinaciones y
desatinos” las posiciones del adversario, sino incorporarlas críticamente.
Gramsci entiende el realismo en política como modo de sacudir las trabas que se oponen a la entrada en acción, a la motorización de la iniciativa popular:
Método de la libertad pero no entendido en sentido liberal; la nueva construcción no puede más que surgir de abajo, en tanto todo un sector nacional, el más bajo económica y culturalmente, participe en un hecho histórico radical que implique toda la vida del pueblo y ponga a cada uno, brutalmente, delante de sus propias responsabilidades inderogables. (Pasado y Presente, p. 24)
La dialéctica entre lo nacional y lo internacional en Gramsci.
A.G. critica más de una vez al internacionalismo abstracto, que no comprende los rasgos nacionales. Los conceptos no nacionales (es decir no referibles a cada país singular) son erróneos, como se ve por su absurdo final: esos conceptos han llevado a la inercia y a la pasividad en dos fases bien diferenciadas:
1º En la primera fase, nadie se creía obligado a empezar, o sea, pensaba cada uno que si empezaba se encontraría aislado; esperando que se movieran todos juntos, no se movía nadie ni organizaba el movimiento.
2º La segunda fase es tal vez peor, porque se espera una forma de “napoleonismo” anacrónico y antinatural (puesto que no todas las fases históricas se repiten de la misma forma) Las debilidades teóricas de esta forma moderna del viejo mecanicismo quedan enmascaradas por la teoría general de la revolución permanente, que no es más que una revisión genérica presentada como dogma, y que se destruye por sí misma al no manifestarse en los hechos.
Resulta
transparente que A.G. se refiere con la primera al 'determinismo' de la Segunda
Internacional, que esperaba indefinidamente' las condiciones ideales', y con la
segunda caricaturiza a la visión de Trotsky, de 'internacionalización' más o
menos rápida de la revolución.
Gramsci insiste una y otra vez en la construcción de la visión internacionalista sobre la base de las peculiaridades nacionales, a modo de advertencia contra el internacionalismo 'superficial' al que a veces identifica como 'cosmopolitismo'.
En realidad, la relación “nacional” es el resultado de una combinación “original”, única [...] que debe ser comprendida en esta originalidad y unicidad si se desea dominarla y dirigirla. Es cierto que el desarrollo se cumple en la dirección del internacionalismo, pero el punto de partida es “nacional” y de aquí se debe partir [....] Es preciso por ello estudiar con exactitud la combinación de fuerzas nacionales que la clase internacional deberá dirigir y desarrollar según las perspectivas y directivas internacionales. La clase dirigente merece ese nombre sólo en cuanto interpreta exactamente esta combinación, de la que ella misma es un componente, lo que le permite, en cuanto tal, dar al movimiento una cierta orientación hacia determinadas perspectivas. (Notas sobre Maquiavelo..., . p. 147).
La expansividad de la burguesía.
A.G.
asigna un lugar central a uno de los caracteres distintivos de la burguesía; la
posibilidad de que cualquier persona ('libres' e 'iguales ante la ley' no lo
olvidemos), pueda ascender desde una clase subalterna a la clase dominante:
Las clases dominantes precedentes eran esencialmente conservadoras en el sentido de que no tendían a elaborar un paso orgánico de las otras clases a la suya. La clase burguesa se postula a sí misma como un organismo en continuo movimiento, capaz de absorber a toda la sociedad, asimilándola a su nivel cultural y económico (Cuadernos, III, p. 215)
No casualmente, el italiano relaciona esta 'porosidad' de la clase burguesa, con el concepto de democracia, al que asigna así un significado en términos sociales, complementario de los que se centran en la esfera política:
Entre tantos significados de democracia, el más realista y concreto me parece que se puede extraer en conexión con el concepto de hegemonía. En el sistema hegemónico existe democracia entre el grupo dirigente y los grupos dirigidos, en la medida en que el desarrollo de la economía y por lo tanto la legislación que expresa tal desarrollo favorece el paso molecular de los grupos dirigidos al grupo dirigente.” (Cuadernos, III, p. 313)
La permeabilidad de las fronteras de la burguesía anula las divisiones estamentales precedentes, y genera la ilusión de incorporación de los subalternos al grupo dirigente, por vía del enriquecimiento 'producto del trabajo', de la educación, aun del azar o de mecanismos ilegales. Pero en definitiva, el status de capitalista puede adquirirse o perderse sin que haya trabas legales ni culturales que puedan obstaculizarlo eficazmente. Esa posibilidad de la burguesía de abrir sus filas, le permite, además de allegar legitimidad a su dominación, captar a buena parte de los miembros más inteligentes de las clases subalternas. Esto resulta válido sobre todo para sociedades del capitalismo más desarrollado, con fuertes potencialidades de 'movilidad social ascendente'. En aquéllas sociedades en que la movilidad social se vuelve extremadamente difícil, la hegemonía burguesa experimenta un factor de debilidad.
Determinismo mecánico y actividad-voluntad.
El
elemento determinista, fatalista, mecanicista, era una simple ideología, una
superestructura transitoria inmediatamente, hecha necesaria y justificada por el
carácter “subalterno” de determinados estratos sociales. Cuando no se tiene
la iniciativa en la lucha y la lucha misma, por lo tanto, acaba por
identificarse con una serie de derrotas, el determinismo mecánico se convierte
en una fuerza formidable de resistencia
moral, de cohesión, de perseverancia paciente: “Yo estoy derrotado, pero la
fuerza de las cosas trabaja a mi favor a la larga” cuando el subalterno se
vuelve dirigente y responsable, el mecanicismo resulta antes o después de un
peligro inminente, se produce una revisión de todo el modo de pensar porque ha
ocurrido un cambio en el modo de ser(...) hay que demostrar la futilidad
inepta del determinismo mecánico, del fatalismo pasivo y seguro de sí mismo,
sin esperar ya que el subalterno se vuelva dirigente y responsable. (Cuadernos,
III, p.320- 321)
Movimiento real:
Este
es un término importante para estudiar en A.G.:
Se
puede decir que ningún movimiento real adquiere conciencia repentina de su
carácter de totalidad, sino sólo gracias a los hechos, de que nada de lo que
existe es natural (en el sentido inusitado de la palabra) sino que existe porque
se dan las condiciones, cuya desaparición no puede dejar de tener
consecuencias. Es así como el movimiento se perfecciona, pierde los caracteres
de arbitrariedad, de “simbiosis”, se transforma en verdaderamente
independiente, en el sentido de que para lograr determinadas consecuencias crea
las premisas necesarias, empeñando en dicha creación todas sus fuerzas. (Notas
sobre Maquiavelo..., p. 53)
Iniciativa popular:
Las clases subalternas se presentan, a partir de su situación de subordinación, de una manera disgregada, sin cohesión entre sí, ni una concepción del mundo que las identifique. Una preocupación central de Gramsci es la asunción por parte de las clases subalternos de una capacidad de acción autónoma, a la que suele llamar 'iniciativa popular':
En los grupos subalternos, por la ausencia de iniciativa histórica, la disgregación es más grave, es más fuerte la lucha por liberarse de principios impuestos y no propuestos autónomamente, para la conquista de una conciencia histórica autónoma (C, III, p. 294)
[...] existe una lucha, en el seno de ciertos bloques sociales económico-políticos, entre las exigencias de la posición económica de masas y la fortuna política de los dirigentes tradicionales, y que una iniciativa política apropiada por parte de una fuerza extraña al bloque es “necesaria” para liberar el impulso económico del obstáculo político y cambiar la dirección tradicional en una nueva dirección conforme al contenido económico que se haya desarrollado en una fase más progresista, etcétera. (Cuadernos IV, p. 33)
Estado, derecho y
moral.
A través del derecho, el Estado hace “homogéneo” el grupo dominante y tiende a crear un conformismo social que sea útil a la línea de desarrollo del grupo dirigente. La actividad general del derecho (que es más amplia que la actividad puramente estatal y gubernativa e incluye también la actividad directiva de la sociedad civil, en aquellas zonas que los técnicos del derecho llaman de indiferencia jurídica, o sea en la moralidad y las costumbres en general. (Cuadernos III, pp. 70-71).
A.G.
se introduce en el problema del acatamiento espontáneo a la ideología dominante,
la construcción de un conformismo social que acepta la injusticia como
'natural'
[...] el problema ético, que en la práctica es la correspondencia “espontáneamente y libremente aceptada” entre los actos y las omisiones de cada individuo, entre la conducta de cada individuo y los fines que la sociedad se impone como necesarios, correspondencia que es coactiva en la esfera del derecho positivo...y es espontánea y libre...en aquellas zonas en las que la “coacción” no es estatal, sino de opinión pública, de ambiente moral, etc. (Cuadernos III, p. 71)
Las
leyes “imponen” a toda la sociedad normas de conducta ligadas a la razón de
ser y el desarrollo de la clase dominante.
La función máxima del derecho es ésta: presuponer que todos los ciudadanos deben aceptar libremente el conformismo señalado por el derecho, en cuanto que todos pueden convertirse en clase dirigente. (p. 83)
Reforma Intelectual y Moral:
En
esta categoría el término reforma no juega solamente en el sentido lato de un
proceso consciente de renovación, sino también se refiere directamente al
proceso histórico-cultural de la Reforma protestante, como ejemplo de un
movimiento intelectual que se expande y llega al pueblo, transformándose en una
bandera de lucha, aminorando la distancia entre intelectuales y simples. A.G.
contrapone sobre esta línea de análisis a Renacimiento y Reforma, pues aquél
no se había acercado a las masas, por el contrario había aumentado la
separación de la elite intelectual y había evolucionado hacia un ideal
contemplativo de vida. Los reformadores habían convertido las aristas pasivas y
fatalistas de la doctrina de la Gracia, en una “práctica real y de iniciativa a escala mundial”
(cf. Cuadernos. III p. 179 ) que formó la ideología del capitalismo naciente.
A.
G no deja de percibir similitudes entre aquel proceso y las tendencias a
convertir al materialismo histórico en doctrina pasiva y fatalista. La tarea de
la “reforma intelectual y moral” significaba afianzar el contenido de
impulsor de la iniciativa popular para la filosofía de la praxis.
Estadolatría:
Gramsci parece estar apuntando aquí a la derivación 'estatista' que ya en esos años se agudizaba en el régimen soviético, y comenzaba a inficionar la versión 'oficial', vulgarizada del marxismo que allí se hallaba en desarrollo.
A.G.
justifica un nivel de 'estadolatría', pero provisorio, y no convertido en un
postulado teórico que postergue sine die la
construcción de los auténticos rasgos de la 'sociedad regulada', aquélla sin
clases ni estado que estaba contenida en los ideales de Marx y que desaparecía
definitivamente en el horizonte burocratizado de la U.R.S.S de los años 30'.
Para
algunos grupos sociales, que antes de acceder a la vida estatal autónoma no han
tenido un largo período de desarrollo cultural y moral propio e independiente
(...) , un período de estadolatría es necesario e incluso oportuno: esta “estadolatría”
no es más que la forma normal de “vida estatal”, de iniciación, al menos,
en la vida estatal autónoma y en la creación de una “sociedad civil” que
no fue históricamente posible crear antes del acceso a la vida estatal
independiente. Sin embargo esta “estadolatría”
no debe ser abandonada a sí misma, no debe, especialmente, convertirse en
fanatismo teórico y ser concebida como “perpetua”; debe ser criticada
precisamente para que se desarrolle y produzca nuevas formas de vida estatal, en
las que la iniciativa de los individuos y grupos sea “estatal” aunque no se
deba al “gobierno de funcionarios” (hacer que la vida estatal se vuelva “espontánea”)
(C, III; p. 282)
[1] Christine Buci-Glucksmann, Gramsci y el Estado, México, 1978 (1° edición en español), p. 235
[2] G. Tamburrana, Studi Gramsciani , p. 280.) Aricó, que es el que lo cita a Tamburrana, aclara: “...esta distinción gramsciana...no puede conducirnos a creer en la existencia de dos fenómenos separados. El Estado como dictadura de clase y el Estado como sociedad no son más que dos momentos reales y activos de un único fenómeno general y expresan en última instancia el hecho de que la supremacía de una clase social se manifiesta en dos planos diferentes, como “dominio” y como “dirección intelectual y moral.” (Aricó, prólogo de Notas sobre Maquiavelo...).
[3] Ver al final Notas sobre bibliografía
[4] Perry Anderson Las antinomias de Antonio Gramsci, Estado y revolución en Occidente. Fontamara, México, 2° edición. 1981.
[5] Ver Notas sobre Bibliografía, al final del texto
[6] Buci-Glucksmann, op. cit. p. 77.
[7] Se trata de Pasado y Presente, edición española de Granica, Buenos Aires, 1977
[8] Los intelectuales y la organización de la cultura, traducción de Raúl Sciarreta, Nueva Visión, 1984.
[9] A. Gramsci, El materialismo histórico y la filosofía de Benedetto Croce, traducción al español de Isidoro Flambaum, Nueva Visión, 1973,
[10] Antonio Paoli, La lingüística en Gramsci. Teoría de la comunicación política.Premia, México, 3° edición, 1989, p. 18
[11] Perry Anderson, op. cit., pp. 32 a 34.)
[12] Idem anterior, p. 39.
[13] Francisco Piñón, Gramsci: Prolegómenos. Filosofía y Política, México, Plaza y Valdés, 1989, p. 273.
[14] Il Risorgimento, Juan Pablos Editor, México, 1980, versión castellana de Stella Mastrángelo.
[15] Biagio De Giovanni, "Lenin, Gramsci y la base teórica del pluralismo" en AA.VV Teoría Marxista de la Política, Cuadernos de Pasado y Presente, México, 1981, p. 200.
[16] Cuadernos de la Cárcel, III, p. 1604, citado de la versión italiana por B. Di Giovanni, ídem anterior.