Antonio
Gramsci
Socialismo y revolución en Occidente
Por Emilio J. Corbière
Tras la caída del Muro de Berlín los únicos comunistas históricos que han quedado vigentes son el italiano Antonio Gramsci y el peruano José Carlos Mariátegui. Curiosamente, los dos, fueron ignorados o criticados por el estalinismo y la Internacional Comunista. Gramsci, igual que el Amauta peruano, moviliza el pensamiento y la acción de la izquierda en el nuevo milenio.
Hace
poco más de dos décadas, en su ensayo La
revolución italiana, Rossana Rossanda se preguntaba qué lectura de Gramsci
tenía vigencia, la del político juvenil que planteaba la renovación del
Partido Socialista en los años de la primera posguerra mundial, que buscaba en
los consejos de fábrica de Turín un nuevo poder democrático, o la lectura del
intelectual maduro de los Cuadernos de la
cárcel, donde replanteó la política marxista adaptándola a la realidad
de Italia, frente a la tiranía mussoliniana, la estructura de las clases
sociales y el desarrollo de las nuevas fuerzas productivas.
La
intelectual italiana decía que Gramsci interesa en lo específico del poder y
ese poder no se concentra en un palacio de Invierno que haya que tomar, sino que
se establece en un Estado-gobierno que difunde y permea la sociedad. Es la búsqueda
del autogobierno de los trabajadores, como una nueva forma del ejercicio del
poder. Esta nueva forma constituye el embrión y el proyecto de la sociedad
futura.
Gramsci
fue un intelectual revolucionario, no un académico. El problema de la
organización de los trabajadores atraviesa centralmente todo su pensamiento. La
organización no se plantea como instrumento de reclutamiento y selección o
como tarea de especialistas que dirigen a las masas, sino como el príncipe
moderno, el intelectual orgánico,
una organización a través de la cual los trabajadores ponen en pie su propia
organización. El italiano revaloriza el papel del Partido y de los sindicatos y
construye el concepto de “bloque nacional-popular”, de alianzas dirigidas a
establecer, necesariamente, las nuevas formas de hegemonía. Esto visto desde la
realidad italiana, especialmente con su aporte: La cuestión meridional.
¿A
qué apunta el príncipe moderno, el intelectual
orgánico? Gramsci responde: “A buscar la relación entre la organización
y las masas como una relación entre educadores y educados que se invierte dinámicamente
(y constantemente), el papel de los intelectuales -y, por tanto, de los
especialistas- en el seno del intelectual orgánico, la conquista y transformación
de los aparatos del Estado para crear las condiciones de esa nueva hegemonía,
la conquista y transformación de los aparatos de la sociedad civil”.
El
concepto de hegemonía en Gramsci está ligado a la distinción, y a la vez
interrelación, entre sociedad política (el Estado) y sociedad civil. El
Estado, para el italiano, no se reduce sólo a sus aspectos coercitivos (como en
la concepción de Stalin) sino que comprende el conjunto de procesos que se
desarrollan en la sociedad civil, las fuerzas espontáneas y creadoras que nacen
en la práctica social del pueblo, de los trabajadores. La sociedad civil
conforma la esfera ideológica del Estado.
Para
Gramsci, en las sociedades occidentales, el cambio revolucionario sólo puede
darse si se lucha por la hegemonía social y cultural. Esa hegemonía se
desarrolla cuando las clases oprimidas despliegan su propia concepción del
mundo y obtienen para ella el “consenso activo” de otras clases y capas
sociales. En síntesis, la revolución se prepara y sobreviene como cambio
estructural violento cuando los trabajadores organizados trascienden el gueto
sindical y se transforman en clase nacional, asumiendo a la nación en su
conjunto y bajo su hegemonía y dirección política. “El proletariado
-afirmaban Marx y Engels en el Manifiesto
de 1848- debe erigirse en clase nacionalmente dominante, constituirse como Nación”.
El
partido y el sindicato, en Gramsci, dentro de lo que él denominó guerra de
posiciones -es decir lo contrario a la ofensiva frontal- implicaba la búsqueda
correcta de alianzas de clase, la teorización de la fase actual del capitalismo
globalizado y de las contradicciones específicas engendradas en el desarrollo
desigual.
El
aspecto fundamental en Gramsci se encuentra en su reflexión sobre la necesidad,
que es a la vez exigencia, de que el movimiento de los trabajadores despliegue
su propia conciencia de una nueva humanidad y cultura. El filósofo Rodolfo
Mondolfo señalaba que “por esa hegemonía Gramsci aspira a la formación del
bloque histórico de elite y masa...es decir a la superación de su cisma
actual”.
En
ese sentido, Gramsci decía que “el elemento popular siente,
pero no siempre comprende o sabe; el elemento intelectual sabe, pero no siempre comprende y especialmente no siempre siente”.
Por
eso postula la unión entre intelectuales y pueblo-nación en la cual “el
sentimiento-pasión se convierte en comprensión y por lo tanto en saber (no mecánicamente
sino de un modo vivo)” y “sólo entonces la relación es de representación
y se produce el intercambio de elementos individuales, entre gobernantes y
gobernados... esto es, se realiza la vida de conjunto que es lo único que
constituye la fuerza social, se crea el bloque
histórico”.
Gramsci,
que había nacido en 1891, fue el organizador del Partido Comunista Italiano,
fue el secretario general de esa organización y diputado. Colaboró con El
Grito del Pueblo (1915) y el diario socialista Avanti
(1916). Fundó La Ciudad Futura y el
legendario L’Ordine Nuovo. Impulsó
los consejos de fábrica en Turín (1919) y fue uno de los políticos
fundamentales de la resistencia antifascista, hasta que fue encarcelado en 1927,
muriendo trágicamente tras largo cautiverio el 27 de abril de 1937. El fiscal
mussoliniano que contribuyó a su condena dijo durante el proceso: “Tenemos
que impedir durante veinte años que este cerebro funcione”.
Durante
su prisión logró escribir los famosos Cuadernos
de la cárcel que, en una primera versión fueron desglosados por Palmiro
Togliatti, su compañero y amigo, en seis volúmenes titulados: El
materialismo histórico y la filosofía de Benedetto Croce;
Los intelectuales y la organización de la cultura;
Il Risorgimento; Notas sobre
Maquiavelo, sobre política y sobre el Estado Moderno;
Literatura y vida nacional y Pasado y
Presente. Valentino Gerratano editó luego los Cuadernos
de manera cronológica, como habían sido escritos originalmente, restaurando así
la unidad filológica y teórica del pensador y político italiano.
Togliatti
señaló, en 1952, en una conferencia sobre El
antifascismo de Gramsci que “Gramsci ha conmovido, animado, exaltado con
su sacrificio a millares de seres humanos. Empero también los ha iluminado con
su pensamiento potente, genial. En la luz de ese pensamiento y por el bien de
todos, nosotros caminamos”.