I. Gramsci a fines de siglo

 

1. Después del ochenta y nueve

Si se piensa en los más de diez mil títulos y en tantas lenguas, comenzando por el Afrikaans, Albanian, Arabic, Bengalí, pasando por el Korean, Macedonian, Norwegian, y así hasta el Swedish y Turkish, la masa de la Bibliografía gramsciana internacional recogida por el historiador americano John Cammett hace sentir todo su peso en la acostumbrada pregunta ritual: ¿Se puede decir todavía algo nuevo en torno a la figura y a la obra de Antonio Gramsci?  Y, sin embargo, la perplejidad dura poco y la respuesta se impone por sí misma. Llegados al final de su siglo, se puede decir algo nuevo sobre Gramsci. No para satisfacer a cualquier precio una exigencia de originalidad, ni tampoco porque recientemente hubiesen aparecido cambios espectaculares en la interpretación historiográfica o importantes descubrimientos de escritos desconocidos en el pasado. Es probable, al contrario, que el último momento de profunda innovación en los estudios gramscianos nos lleve a la publicación de la edición crítica de los Cuaderni del carcere (1975), la que ha abierto, efectivamente, caminos de investigación y de profundización teórica hasta entonces imprevistos. Cierto es que, también, con el tiempo, han venido siendo poco a poco esclarecidos los contornos de algunos episodios biográficos y se dispone además de textos filológicamente más completos y dignos de fe. No obstante, las razones que inducen a mirar hoy a Gramsci con otros ojos son diferentes, exteriores a la reconstrucción de su vida y de sus escritos.

Dos en particular son los acontecimientos que han incidido profundamente sobre el contexto tradicional dentro del cual se había acostumbrado a considerar la contribución gramsciana a las vicisitudes de la política nacional y al pensamiento marxista contemporáneo: la crisis del comunismo histórico y la desaparición del Partido Comunista Italiano.

"El comunismo es el porvenir próximo de la historia de los hombres y, con éste, el mundo encontrará su unificación no autoritaria, monopólica, pero no obstante, espontánea, por adhesión orgánica de las naciones" (ON,  p. 20).[176]   1989: han pasado exactamente setenta años desde el auspicio de Gramsci. El movimiento antiautoritario de los estudiantes chinos es ahogado en sangre en la plaza Tienanmen. Nos horrorizamos frente a las masacres de la Securitate de Nicolás Chauchescu en Timisoara y en otras localidades de Rumania.  Polonia tiene por primera vez un ministro no comunista, Tadeus Mazowiecki. El liberal democrático Vaclav Havel es presidente de Checoslovaquia. Después de veintiocho años se abre una brecha en el Muro de Berlín, un acontecimiento erigido en símbolo del cambio de época.  Y, como si no bastase, dos años más tarde, la Unión Soviética, desde la Revolución de 1917 potencia máxima y faro del comunismo mundial, se disuelve en una confusa Comunidad de Estados Independientes, mostrando, sin remedio, su propia descomposición política, económica y social.

Antes que "intelectual", "estudioso", "escritor", Gramsci  "ha sido y es un hombre de partido.  El problema del partido (...) está en el centro de toda la actividad, de toda la vida, de todo el pensamiento de Antonio Gramsci". Palabra de Palmiro Togliatti, su más autorizado compañero y colaborador.  Otra vez 1989 : el secretario a cargo de ese mismo partido, el P.C.I., anuncia un "virage" que preludia, con el XIX Congreso Extraordinario el nacimiento de una formación política poscomunista, el actual Partido Democrático de Izquierda [Partito democratico della sinistra].

 

2. Hoy y mañana

Con tales premisas, la experiencia gramsciana parece definitivamente agotada en una fase histórica concluida para siempre y, aún más, concluida bajo el signo del fracaso total. Difícil, en efecto, pensar en una derrota momentánea, en un movimiento capaz de afrontar, en el corto plazo, sus próximos desafíos y batallas en  la perspectiva de la "unificación" comunista del mundo. Por lo demás, los que bajaron las banderas rojas de las torres del Kremlin no fueron las tropas de ocupación de un ejército reaccionario, sino el mismo pueblo que las había izado. Tampoco al disolverse el PCI intervenían una vez más leyes excepcionales, análogas a las que emanaban del régimen fascista, sino más bien decisiones autónomas de la mayoría de sus dirigentes e inscritos. Y de ninguna manera se estaba volviendo a producir una cacería de intelectuales de izquierda, como en la América del macartismo, en el momento en que, tantos de éstos, se esmeraban en repudiar las ideas de Marx y de Lenin ya sea por cuenta propia o incluso en  provecho propio.

Lejana entonces la atmósfera en la cual la nueva Italia de la posguerra, apenas reflorecida la libertad y la democracia, saludaba con reconocimiento el sacrificio de Gramsci en las cárceles de Mussolini y con admiración el descubrimiento de una obra literaria y científica fruto del mismo cerebro al que el Duce se había propuesto impedir que funcionara por veinte años. Casi una burla contra un poder despótico. Cierto, frente a la ola de las polémicas actuales suscitadas por las tendencias extremistas de la revisión historiográfica de los fascismos europeos, con los riegos de ver desnaturalizada o borrada la memoria de páginas luminosas de las vicisitudes de la democracia nacional, aparece todavía espontáneamente el recuerdo de la lección moral y humana de Gramsci. Otra cosa es, sin embargo, mostrar la vitalidad de su pensamiento político una vez amputado de la perspectiva comunista que lo ha guiado.

A primera vista, un acercamiento a Gramsci aparece hoy descartado. Basta con leer su vida y sus escritos con la conciencia de que se trata de documentos que pertenecen a otra época, dignos, a pesar de todo, de ser conocidos y estudiados. Y, en parte, seguramente es así. Seguir la intensa existencia de este protagonista de la historia del movimiento obrero italiano e internacional desde la crisis de la Primera Guerra Mundial hasta la fundación del Partido Comunista de Italia y el advenimiento del fascismo, conocer las líneas fundamentales de una tentativa original de repensar y desarrollar críticamente las teorías de Marx en constante confrontación con las de otros grandes pensadores, recoger la influencia de las ideas gramscianas en el debate ideológico y político en la segunda parte del siglo XX, representa un fascinante viaje por el pasado reciente de la cultura contemporánea. ¿Pero puede Gramsci revelarse también un compañero de viaje adecuado para aquél que intente comprender el presente y, quizás, escrutar el porvenir?  Probablemente sí, a condición  de estipular algunas distinciones.

 

3. Por qué dos Gramsci

Era 1937, el año de la desaparición de Gramsci, cuando Togliatti lo conmemoraba como "hombre de partido " íntegro.  Y con razón: a la constitución, y después a la renovación y a la organización del Partido Comunista Italiano, Gramsci había entregado sus mejores días. Del partido había sido secretario general y diputado en el Parlamento. Por estar a su cabeza había sufrido una condena mortal. Más tarde, sin embargo, en su último escrito en recuerdo del antiguo compañero, Gramsci, un uomo (1964), será el mismo Togliatti quien se preguntará si "la persona de Antonio Gramsci" no ameritaría de ser ubicada "bajo una luz más viva, que trascendiera las vicisitudes histórica de nuestro partido".

No se trataba de un simple cambio de opinión. En los años sesenta aparecía ya claro que un "segundo" Gramsci atraía sobre sí una atención superior a la que le estaba reservada a su actividad directa como periodista y militante socialista, como dirigente político y como antifascista.

A partir de 1947, fecha de la primera publicación de las Lettere dal carcere, y luego con la edición progresiva en volúmenes separados de los Quaderni, Italia y el mundo entran en contacto con una obra de indudables características de universalidad. Destinada, en suma, a proyectarse más allá de la breve existencia de su autor. Para comprobarlo, por ahora, es suficiente volverse otra vez espiritualmente hacia la interminable bibliografía internacional, hacia el interés en todos los continentes por aquellos textos póstumos, hacia la investigación política, histórica, filosófica, literaria, antropológica, inspirada o ligada a conceptos típicamente gramscianos: hegemonía, filosofía de la praxis, nacional-popular, reforma intelectual y moral, revolución pasiva, guerra de posiciones, bloque histórico y quién sabe cuántas otras.

Distinguir dos Gramsci no implica, sin embargo, contraposición alguna entre el hombre de acción y el pensador, ni mucho menos una hipótesis radical en relación con cambios de opinión o pertenencia política. El hilo de su coherencia ideal y teórica en la lucha por la emancipación de las clases subalternas es, por lo demás, la garantía permanente de una biografía humana e intelectual ejemplar. Tampoco la circunstancia del arresto corta de hecho en dos la experiencia gramsciana. De tal manera que, después de una década de participación en la vida pública italiana y en el movimiento comunista internacional, privado de la libertad por la sentencia del tribunal fascista, Gramsci vierte su empeño en la reflexión solitaria de los Quaderni y en el atormentado diario del epistolario carcelar.

Si, entonces, el "primer" Gramsci pertenece ciertamente a una época delimitada y en  muchas direcciones superada, "el Gramsci que mayoritariamente cuenta (...) es un autor póstumo cuya obra ha entrado en el círculo de la cultura italiana e internacional en una época distinta de la que él ha vivido, cuya obra ha podido ser publicada incluso sólo porque la época en la que ha sido escrita —la época del fascismo triunfante— ha concluido".[177] En resumen, un clásico del pensamiento político contemporáneo y, pensando en las Lettere, de la literatura clásica del siglo XX.  Y se sabe que todo auténtico clásico, siendo expresión de un tiempo, resiste a la contingencia y permanece abierto al diálogo con las generaciones futuras.

4. Política y verdad

En este punto se podría afirmar entonces que la prioridad, en un primer momento atribuida por Togliatti al "hombre de partido" con respecto al "intelectual" y al "escritor" debería ser hoy revisada. Y, en efecto, es ésta la orientación que prevalece tanto en la crítica italiana y extranjera. Incluso la tendencia a dejar de lado la acción y los escritos políticos de Gramsci en el período "legal" ha terminado a veces por disminuir más allá de lo necesario o, directamente, por hacer desaparecer la importancia de los elementos de continuidad en relación con la obra madura. Sin embargo, más allá de los casos en los cuales emerge un manifiesto extravío del examen del pensamiento gramsciano considerado políticamente "inocente",[178] es necesario reconocer que, momentos destacados, tales como la participación en el movimiento turinés de los Consigli di fabbrica y la dirección del Ordine Nuovo, o las intervenciones en los debates de partido que precedieron el congreso de Lyon se encuentran ahora perfectamente fechados y librados solamente a la reconstrucción y a los juicios historiográficos. Un frescor diferente conservan sus agudas notas en torno a temas permanentes y generales como la cuestión política de los intelectuales, el nexo entre filosofía, folklore y sentido común, o entre Estado y sociedad civil. Con todo, el problema es delicado y presentar a Gramsci con los ropajes de los grandes intelectuales requiere, ante todo, de una cierta cautela, justamente porque la relación entre intelectuales y política es normalmente bastante compleja.

Para Julien Benda, autor francés discutido en varias oportunidades en los Quaderni gramscianos, los intelectuales (considerados como sabios) que servían intereses prácticos y políticos y a la propia actividad científica, artística, filosófica, traicionan su propio papel de guardianes de la justicia y de la verdad desnuda.[179]  Y el tema, que ocupa justamente a Gramsci, se vuelve recurrente en el debate contemporáneo.

Para Michel Foucault es necesario "pensar el problema político de los intelectuales" no en términos de "ciencia/ideología" sino en los de "verdad/poder" , por el contrario, la verdadera cuestión política "no es el error, la ilusión, la conciencia alienada o la ideología, es la verdad misma"[180] El crítico americano de origen palestino Edward Saďd sostiene que la tarea principal del intelectual es la de "decir la verdad al poder".[181] Pero también Sartre, el famoso autor del compromiso (engagement)[182] del hombre de cultura, decía que "las clases explotadas no tienen necesidad de una ideología sino de la verdad practicada socialmente “.[183]

Ulteriormente, Hannah Arendt, la estudiosa de filosofía política, ha resumido bien lo que ella misma define como "un lugar común":

 "Nadie, de hecho, ha dudado jamás que verdad y política estén en relaciones más bien encontradas, la una con la otra, y nadie, que yo sepa, ha jamás incluido la sinceridad entre las virtudes políticas. La mentira siempre ha sido considerada como el necesario y legítimo instrumento, no sólo del oficio del político o del demagogo, sino también del estadista. ¿Porqué es así? ¿Y qué cosa significa esto, de un lado, para la naturaleza y la dignidad del ámbito político y, del otro, para la naturaleza y la dignidad de la verdad y de la sinceridad? ¿Es, quizás, un componente de la esencia misma de la verdad ser impotente y un componente de la esencia misma del poder el engañar? [184]

 En cuanto al "lugar común", Gramsci está de acuerdo. En efecto, él escribe en los Quaderni:

 "Es una opinión muy difundida en algunos ambientes (y esta difusión es un signo de la estatura política y cultural de dichos ambientes) que, en el arte de la política, sea esencial el mentir, el saber esconder de una manera astuta la opinión verdadera y los verdaderos fines a los cuales se tiende, el saber hacer creer lo contrario de lo que verdaderamente se quiere, etc., etc., La opinión es tan arraigada y difundida que, cuando se dice la verdad, nadie la cree “ (Q.  p. 699).

 Sin embargo, Gramsci no comparte un esquema según el cual la verdad sería patrimonio de la cultura y de la ciencia desinteresada, mientras la política debería necesariamente fundarse sobre el engaño. Para él, en efecto: "en política se puede hablar de reserva, no de mentira en el sentido mezquino que muchos piensan: precisamente, en la política de masas, decir la verdad es una necesidad política" (Q,  pp. 699-700)

5. Verdad y hegemonía.

Es útil tener presente que el concepto de verdad no es unívoco. Para retomar una distinción bastante simple, pero comúnmente aceptada y utilizada por Hannah Arendt, existen, en efecto, "verdades racionales" y "verdades de hecho". El primer ámbito comprende la verdad matemática, científica, filosófica. Vale decir, aquellos principios generales y abstractos, objeto particular de los análisis y de los procedimientos epistemológicos. En la esfera política dominan, por el contrario, hechos y acontecimientos y, a pesar de ello, es hacia esta más modesta verdad de hecho que es necesario mirar.  Como el "papel, durante la Revolución Rusa de un hombre llamado Trotsky, que no aparece en ninguno de los libros de historia de la Rusia Soviética". El ejemplo es contundente, porque demuestra, sea que las verdades de hecho son “ las más vulnerables de todos los tipos de verdad racional vistas de conjunto" (es más fácil calumniar a un adversario que negar que dos más dos son cuatro), sea que la "probabilidad que la verdad de hecho sobreviva al asalto al poder es verdaderamente escasísima".[185]

Gramsci, sin embargo, aún considerándolo antes que otra cosa en su calidad de intelectual, no solamente no se ocupa de una hipotética verdad racional, sino que tampoco quiere transformarse en simple defensor de la verdad de hecho, ocultada o distorsionada por el poder político. Esta tarea tradicional del intelectual no le pertenece. "Decir la verdad" no es para él el primer imperativo moral del honesto hombre de cultura ni ninguna otra cosa que se le parezca. Es una "necesidad política" estrechamente ligada a la principal categoría de su pensamiento, la hegemonía.

En cuanto militante comunista, Gramsci se opone a la hegemonía de los regímenes burgueses y autoritarios que ejercitan su dominio sobre el proletariado. En cuanto  pensador marxista intenta elaborar una teoría hegemónica alternativa, que libere la capacidad de las clases explotadas de dirigir autónomamente el conjunto del cuerpo social y el sistema de producción económica. Para combatir al adversario político, se necesita, en primer lugar, conocer y comprender los mecanismos a través de los cuales el poder logra imponerse. En el caso de los regímenes abiertamente autoritarios, el problema de la verdad resulta, en el fondo, secundario. En efecto, por definición, los dictadores y los grupos oligárquicos no se preocupan de ganar el consenso de las clases dominadas. Por lo demás, no mienten tampoco, no se cuidan de esconder sus intereses y sus fines. Pueden incluso exhibir con sinceridad, prevaricaciones e intentos tiránicos con fines de propaganda y como advertencia para los opositores, puesto que mandan mediante la coerción violenta. Las fuerzas democrático burguesas se inclinan, por el contrario, a camuflar la verdadera naturaleza de intereses sociales y económicos contrapuestos. Ocultan, pues, la verdad, con el objeto de obtener un consenso pasivo, que pasa por la libre adhesión o, directamente, por el apoyo participativo. Diferente es el tipo de consenso requerido a la masa revolucionaria, a los futuros actores del autogobierno. Son estos "organismos" para los cuales Gramsci retiene "cuestiones vitales, no el consenso pasivo e indirecto sino aquel que es activo y directo" (Q.  p. 1771). Y para obtenerlo es indispensable el método de "decir la verdad" incluso si ésta no es "un acto de iluminación desde lo alto" (obra solamente de una elite intelectual incontaminada), ni "algo que se revele imprevistamente o a la que se llegue pacíficamente".[186]

 

6. La reforma de la política.

¿Pero, es verdaderamente posible romper la inconciliabilidad histórica entre verdad y política? Gramsci observa que en "Italia no ha habido nunca una reforma intelectual y moral que involucrara las clases populares". Ningún fenómeno parangonable a la Reforma Protestante del siglo XVI y a su influencia sobre el "espíritu público". Además, "Renacimiento, filosofía francesa del siglo XVIII, filosofía alemana del siglo XIX, son reformas que tocan solamente a las clases altas y bien seguido solamente a los intelectuales" (Q.  p. 515). Gramsci piensa entonces que una tarea de renovación real y de progreso que involucre "toda la sociedad hasta sus más profundas raíces" podrá ser asumida por el "materialismo histórico", la teoría de Marx fundada en la crítica de la economía política y el reconocimiento del carácter transitorio de todas las formaciones económico-sociales. También la "reforma cultural", es decir, el "ascenso civil de los estratos desfavorecidos de la sociedad" está condicionada por la estructura económica. "Porque una reforma intelectual y moral no puede no estar ligada a un programa de reforma económica, al contrario, el programa de reforma económica es, justamente, el modo concreto con el cual se presenta cada reforma intelectual y moral" (Q.  p. 1561).

El problema toca desde otro lado también el elemento típicamente político, el partido, que a su vez "debe y no puede no ser el organizador y el propagador de una reforma intelectual y moral, lo que, en definitiva, significa crear el terreno para un desarrollo ulterior de la voluntad colectiva nacional popular orientada a la realización de una reforma superior y total de la civilidad moderna" (Q,  p. 1560).

Intelectual y moral: son estos los adjetivos que denotan el sentido de la hipótesis gramsciana de la reforma de la cultura, de la política, de la economía. Y así aflora, entonces, una vez más, el método de la verdad, objeto de la investigación intelectual y fundamento de toda concepción moral. Por lo demás, recorriendo la historia del socialismo moderno y de sus errores, es fácil notar como nunca jamás se ha intentado una reforma integral próxima a la teoría de Gramsci.

 En cada ocasión algo ha faltado. Y así, allá donde, al Este, se han verificado transformaciones en las relaciones de producción, los partidos en el poder han hecho una bosta con la verdad y privado a los intelectuales del derecho a expresarla. En las democracias liberales occidentales, la verdad de los intelectuales de oposición no ha creado otra cosa que exiguas corrientes de opinión, tan inadecuadas para cumplir reformas sustanciales en el sistema económico que, al final, han renunciado a todo. Ni siquiera el P.C.I., al menos formalmente el partido más gramsciano del mundo, ha escapado a la acusación de practicar una "verdad doble". Tanto que sería, quizás, necesario reflexionar sobre el por qué Togliatti, polémicamente acusado de campeón de la "doblez" comunista, concluye su Gramsci, un uomo, escrito un par de meses antes de morir, recordando la "verdad implacable" que contenía la obra gramsciana "en lucha no sólo por comprender sino por transformar el mundo".

 

7. Victorias transitorias y derrota aparente.

Lo expuesto hasta el presente es solamente una de las posibles claves de lectura destinada a establecer si, y en que medida, Gramsci ha permanecido inmune al fracaso de la experiencia comunista histórica. Se puede, ciertamente, proponer otras, quizás más complejas y sofisticadas. No obstante, el tema de la recuperación gramsciana de la verdad en la política es, sin ninguna duda, de gran actualidad. Por otra parte, también la última tentativa seria de reformar el socialismo real antes de la debacle, la perestroika de Mikhail Gorbachof tenía un eje en la glasnost, la trasparencia en cada sector de la vida asociativa. "Lo importante es la verdad", proclamaba claramente el presidente soviético.[187]  Casi no es necesario recordar como en Occidente, en años muy recientes (y con Italia en primera fila), han sido instalados poderosos laboratorios de manipulación política, basados en el control de los medios de información y de comunicación de masas. Se puede, por el contrario, afirmar que éstos se han vuelto más que nunca factores decisivos para el ejercicio de la hegemonía y la captura del consenso.

            A lo que va sumada después la difundida repulsión provocada por innumerables escándalos políticos, episodios de corrupción y reiterados actos de intolerancia racial, contaminación criminal de personajes del poder. Y todavía, el transplante de procedimientos virtuales en fenómenos como la guerra y la globalización de los mercados financieros, los que vuelven opacas y casi indescifrables las realidades tan concretas que cruzan la existencia de millones de seres humanos. Es natural, entonces, que al final del milenio la esfera política se parezca a una entidad extraña y hostil que empuja al desencanto y a la pasividad. Y sin embargo, a pesar de todo, no está dada una solución a los problemas del presente ni una perspectiva de salida a los que van a venir, fuera del juego de las correlaciones de fuerza política.

            Antonio Gramsci ha sido a menudo descrito como un hombre derrotado. Un "perdedor" en el lenguaje de hoy. Y tal vez con razón, visto lo tormentoso de sus vivencias humanas y la actual suerte del movimiento al cual había destinado su propio trabajo intelectual. Es necesario, sin embargo, salir del cuadro de una concepción cínica de la política según la cual lo que prevalece tiene de todas maneras razón. Y es simple demostrar cuánto esta concepción es miope. ¿Podría, en efecto, decirse todavía tales son los vencedores de entonces? ¿De verdad, han tenido razón?

            Si se piensa en Mussolini, que usó poderes despóticos para golpear y apagar una de las inteligencias más penetrantes que rechazaban al régimen. O a los dirigentes stalinistas rusos, a los cuales un joven "sardo jorobado", semidesconocido, había osado dirigirles una severa denuncia de la pendiente burocrática y autoritaria sobre la cual comenzaba a deslizarse el partido bolchevique. En épocas distintas, un país herido condenaba sin apelación los crímenes fascistas y abría con respeto las páginas de las Lettere dal carcere, el testamento de una derrota personal ya pronta a dar la vuelta al mundo. Mientras en las calles de Moscú y Leningrado la gente derribaba las estatuas de los protagonistas y los símbolos de un comunismo de palabra, en cinco continentes, intelectuales y militantes alineados del lado de los trabajadores explotados y del pueblo oprimido, enfrentaban el estudio de los Quaderni en la búsqueda de sendas innovadoras de progreso civil, paz, convivencia democrática.

            Son estas últimas, los horizontes de la que Gramsci define como  "gran política", contrapuesta a la "pequeña política ( política cotidiana, política parlamentaria, de corredores, de intriga)".

"La gran política comprende las cuestiones conexas con la fundación del nuevo Estado, con la lucha por la destrucción, la defensa, la conservación de determinadas estructuras orgánicas económico-sociales. La pequeña política, las cuestiones parciales y cotidianas que se plantean al interior de una estructura ya establecida para la lucha por la preeminencia entre las distintas fracciones de una misma clase política" (Q.  pp. 1563-64).

Basta recorrer un periódico para medir las modestas dimensiones actuales tanto prácticas como ideales de gran parte de los procesos y de los acuerdos políticos nacionales e internacionales. Y, en efecto, frente a una política de corto aliento a la cual muchos han vuelto la espalda, Gramsci no tiene gran cosa que decir. Una cierta inactualidad suya es pues proporcional a la inactualidad de la "gran política", que va más allá de la simple administración y no elude temas y transformaciones de dimensión extraordinaria. La justicia, la libertad, la igualdad, claramente, el elemental derecho a la vida, no son capítulos de la filosofía moral sino objetivos específicos de la democracia política todavía no adquiridos en todas partes. Si continuaran permaneciendo al margen, entonces sí que las ideas de Gramsci serían definitivamente derrotadas. No está, no obstante, excluido que en tal caso se tratase de una derrota colectiva.

            Seguro que los artículos para el Avanti ! y el Ordine Nuovo como incluso ahora los mismos Quaderni del carcere y las Lettere, requieren una lectura selectiva, al punto de separar elementos fechados, resultados inciertos y provisorios, de instrumentos conceptuales todavía válidos para afrontar problemas actuales. Entretanto, para no cerrar prejuiciosamente el diálogo con uno de los mayores autores italianos del siglo XX, se hace indispensable volver a recorrer las etapas que, de Torino a Moscú, de Viena a la prisión de Turi, llevaron al pequeño "Nino" de Ghilarza a tranformarse en el "Gran Gramsci" de New York.[188]

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[176] Para las iniciales de las obras de Gramsci citadas en el texto, Cf. p. 3.

[177] GERRATANA, V.,  "Sulla "classicità" di Gramsci",  in Bolletino filosofico, n°10, Dipartimento di filosofia dell’Università della Calabria, 1992,  p.181.

[178] STUART HUGUES, H., Coscienza e società,  Torino, 1979,  p. 105.

[179] BENDA, J.,  La trahison des clercs, Paris, 1927.

[180] FOUCAULT, M., Microfisica del potere,  Torino, 1982,   pp. 27-28.

[181] SAÏD, E. W., Dire la verità. Gli intellettuali e il potere, Milano, 1995,  p. 104.

[182] Engagement o compromiso. En francés en el original [Nota de los Ts.]

[183] SARTRE, J-P., "In defesa degli intellettuali", in L’universale singular, Milano, 1980,  p. 53.

[184] ARENDT, H., Verità e politica, Torino, 1955, pp. 29-30.

[185]ARENDT, H., Verità e politica, ed. cit.  pp. 34-35.

[186] GERRATANA, V.,  "Il concetto di egemonia nell’opera di Gramsci", in Antonio Gramsci e il "progresso intelletuale di massa",  Milano, 1995,  p. 147.

[187] GORBACHOF, M., Perestrojka. Il nuovo pensiero per il nostro paese e per il mondo,  Milano, 1987,  p. 92.

[188] HOBSBAWM, E. J., "The great Gramsci", in New York Review of Books, 4 de abril de 1974.

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