Gramsci
y la formación política
Su
ejemplo militante
Visto
desde los pragmáticos '90, la figura de Antonio Gramsci resalta como la de un
verdadero antihéroe, o dicho con el lenguaje que utilizan los cultores del
pragmatismo político, como la de un típico "perdedor".
Derrotados
los esfuerzos por transformar la rebelión obrera de Turín del
´20 en una sublevación nacional, debe presenciar
en 1922 el ascenso al poder (con claro respaldo popular) de Mussolini.
Perseguido
y encarcelado ("hay que impedir que
este cerebro funcione" pidió el fiscal en el juicio) pasa los últimos
años de su vida totalmente aislado. El
partido lo sanciona y su mujer se queda en el refugio familiar de Moscú.
Es "liberado" en abril del ´37 tres días antes de su muerte.
No
es la suya una muerte heroica en el sentido clásico del termino. No murió como el Che o Santucho peleando con las armas en
las manos; ni fusilado por sus enemigos como Julius Fucik o nuestro Alberto
Cafaratti; ni aplastado su cerebro por un garrote como Rosa Luxemburgo o Karl
Liebknecht. Murió fuera de la cárcel,
en la cama, casi en soledad.
Y
sin embargo su ejemplo de vida nos es imprescindible como altura a conquistar
por quienes aspiramos a convertirnos en militantes revolucionarios.
Al
pensar en su ejemplo viene a la memoria algo que
Roque Dalton escribiera sobre Lenin.
Decía que habiendo muchos Lenin, había que elegir el que fuera más útil
a los latinoamericanos de finales de los '60 y que él (al
contrario de las corrientes hegemónicas en los PP.CC. ), elegía al Lenin de
la lucha abierta por el poder y la sublevación armada.
El
Gramsci de los Cuadernos de la Cárcel nos hace mucha falta. Un revolucionario que resiste al triunfalismo del fascismo y
que en la cárcel, casi sin libros y sometido a la censura,
va a remontarse a lo más profundo y verdadero del pensamiento marxista
para rescatarlo del dogmatismo que comenzaba a ahogarlo.
No es solo por lenguaje carcelario que prefiere denominarlo "filosofía
de la praxis".
Hay
que imaginarlo todos esos años de encierro, reflexionando y haciendo
anotaciones en las dos mil ochocientos cuarenta y ocho páginas de sus
cuadernos, mientras tras los muros era notorio el descenso de la ola
revolucionaria pos/Octubre y el ascenso del fascismo a los gobiernos de Italia, Alemania, Hungría
y Polonia; el cerco a que se ve sometida la revolución rusa y los graves
problemas que ya se revelaban en ella.
Como
el político práctico que es, va a
concentrarse en los problemas que permitan una estrategia de resistencia y de
rearme de las fuerzas diezmadas: una
concepción mucho más compleja e integral del estado, la idea de la hegemonía
y de la necesidad de pasar de una "guerra de maniobras" (el asalto a
las ciudadelas del poder) a una "guerra de posiciones" (la construcción
de contrahegemonía en cada poro de la sociedad), la valoración de lo cultural
como fundamental para el sistema de
dominio cotidiano y el papel de los intelectuales "orgánicos" de cada
clase.
Un
político práctico que se apoya permanentemente en la experiencia de las masas,
y en la suya propia desde el "Ordine Nuovo" y el Partido Comunista,
del cual fuera uno de sus fundadores, algo que gustan olvidar quienes han
intentado "apropiarse" de su herencia para fundamentar un posibilismo
que él repudiaba con toda su
inteligencia.
"El
realismo político "excesivo" (y por consiguiente superficial y mecánico)
conduce frecuentemente a afirmar que el hombre de Estado debe operar sólo en el
ámbito de la "realidad efectiva", no interesarse por el "deber
ser" sino únicamente por el "ser".
El político de acción es un creador, un suscitador, más no crea de la
nada ni se mueve en el turbio vacío de sus deseos y sueños. Se basa en la
realidad efectiva, pero, ¿qué es esta realidad efectiva? Aplicar la voluntad a
la creación de un nuevo equilibrio de las fuerzas realmente existentes y
operantes, fundándose sobre aquella que se considera progresista y reforzándola
para hacerla triunfar, es moverse siempre en el terreno de la realidad efectiva,
pero para dominarla y superarla (o contribuir a ello).
El "deber ser" es por consiguiente lo concreto o mejor, es la
única interpretación realista e historicista de la realidad, la única
historia y filosofía de la acción, la única política."
Y
ese "deber ser", tan parecido al factor subjetivo guevarista, es el
que hoy resalta entre tanto posibilismo marcando un primer elemento demarcatorio
en la formación de los cuadros.
Ocurrió con Gramsci lo que él había analizado de Maquiavelo: "El maquiavelismo, al igual que la política de la filosofía de la praxis ha servido para mejorar la técnica política tradicional de los grupos dirigentes conservadores; pero esto no debe enmascarar su carácter esencialmente revolucionario"; en todo caso nos corresponde asumir la parte que nos corresponde en la demora por apropiarnos de sus aportes teóricos a pesar de haber sido, gracias a Agosti, sus introductores en la Argentina.
La
importancia de los cuadros
Para
Gramsci, los cuadros constituyen el elemento fundamental para un proyecto
revolucionario: "Se habla de
capitanes sin ejercito, pero en realidad es más fácil formar un ejercito que
formar capitanes. Tan es así que
un ejercito ya existente sería destruido si le llegasen a faltar los capitanes,
mientras que la existencia de un grupo de capitanes, acordes entre sí, con
fines comunes, no tarda en formar un ejercito aún donde no existe".
Lejos
de un burdo militarismo, la metáfora tiene
que ver en primer lugar con lo ideológico/cultural. Afirma que el rol principal le cabe a aquellos cuadros
capaces de estar al mismo tiempo en lo más profundo de la masa y en la
estructura del partido: "trabajar
para suscitar elites de intelectuales de un tipo nuevo, que surjan directamente
de la masa y que permanezcan en contacto con ella, para llegar a ser las
"ballenas del corsé"
Conviene
revalorizar esta propuesta en un ambiente social donde tanto se ha hecho para
desprestigiar la causa de la revolución, las
organizaciones políticas y a los propios militantes revolucionarios.
En
nuestro caso hemos sufrido una
enorme sangría de cuadros por más de diez años. Cierto es que algunos fueron
afectados por la persistencia en la violación de la democracia partidaria, pero
los más quedaron prisioneros de una formación dogmática, y al desplomarse el
"optimismo histórico" que
los sostenía, se quebraron como tiernas ramitas al viento.
"El
determinismo mecánico se convierte en una fuerza formidable de resistencia
moral, de cohesión, de perseverancia paciente y obstinada..." porque
se piensa: "he sido vencido momentáneamente, pero la fuerza de las cosas trabaja
para mi y a la larga...". y así la voluntad real se disfraza de acto de fe
en cierta racionalidad de la historia, en una forma empírica y primitiva de
finalismo apasionado, que aparece como un sustituto de predestinación, de la
providencia, de las religiones
confesionales.... "
Uno
de los principales motivos de quiebre han sido los debates sobre la historia, y
es que el marxismo argentino tiene todavía
cuentas pendientes con ella. Afectado
por décadas de un positivismo extremo que lo condujo al más crudo liberalismo;
los intentos de resolver los problemas de interpretación marxista de la
historia nacional asumiendo la visión simétrica del revisionismo, no sirvieron
para el propósito declarado.
Si
el liberalismo positivista tiene una visión apologética del desarrollo de las
fuerzas productivas, no importa en que condiciones se realiza y quien se
beneficia del mismo y por ello mira con simpatía a la generación del ´80; el
revisionismo de corte nacionalista haría lo mismo con cualquier movimiento político
que lograra poner en movimiento a las masas populares y
por ello junta en la misma bolsa a Felipe Várela con Rosas o
a Evita con Tosco.
Algo
parecido nos pasó con respecto a nuestra propia historia: muchos pasaron de
sostener la "historia rosa" que contaba el Esbozo de Historia (Anteo,
1948), a una actitud de negación total que llega al colmo de pretendernos cómplices
de la dictadura militar a quienes fuimos sus víctimas y enemigos.
Hay
una recomendación metodológica de Gramsci que creo imprescindible: "Un
partido habrá tenido mayor o menor significado y peso, justamente en la medida
en que su actividad particular haya pesado más o menos en la determinación de
la historia de un país. He aquí
por qué del modo de escribir la historia de un partido deriva el concepto que
se tiene de lo que un partido es y debe ser.
El sectario se exaltará frente a los pequeños actos internos que tendrán
para él un significado esotérico y lo llenarán de místico entusiasmo.
El historiador, aún dando a cada cosa la importancia que tiene en el
cuadro general, pondrá el acento sobre todo en la eficacia real del partido, en
su fuerza determinante, positiva y negativa, en haber contribuido a crear un
acontecimiento y también en haber impedido que otros se produjesen".
Bien
pensada la cuestión aparece la misma base metodológica
tanto de quienes lo veían como una fuerza infalible única portadora del
"marxismo leninismo" como en quienes nos adjudican toda la
responsabilidad de la derrota.
Más
allá de los documentos y declaraciones,
la acción real de los militantes
comunistas organizados se inscribe nítidamente en el campo de las acciones
antidictatoriales como lo sabe cualquiera que estudie la génesis
de las luchas obreras de aquellos años, o la formación, funcionamiento
y lucha de los organismos de derechos humanos.
Claro
que no conviene subestimar la dimensión que tuvieron aquellos errores pues
debilitaron la capacidad de confrontación, impidieron la construcción de
alternativa, frustraron el
sacrificio militante y provocaron la más importante crisis partidaria en 70 años.
Y
hay que pensar que estos errores, antes de llegar a la política cotidiana, se
habían alimentado de lecturas dogmáticas del marxismo, de miradas liberales de
la historia, y de visiones conspirativas de la lucha de clases.
Sucede
que los aparentes "pequeños" errores en filosofía y teoría marxista
se convierten en enormes desencuentros con la historia cuando se llega a la política,
como nos ocurrió en 1945 (Unión Democrática), en 1976 (ausencia de análisis
de clase y del proyecto estratégico
de la dictadura fascista) o en 1983 (voto a Luder ) para citar solo los ejemplos
más notorios y dolorosos.
Hemos
dicho ya, que no estamos haciendo juicios morales o éticos sino valoraciones de eficacia en la lucha revolucionaria.
Y es que el proyecto de partido autoproclamado vanguardia que convocaba
un frente democrático nacional que incluía una supuesta burguesía nacional (y
sus representaciones políticas) con el objetivo declarado de transitar un
proceso pacífico/institucional de transformaciones por etapas, resultó estéril.
Una estrategia revolucionaria, como la que pretendemos fundar desde la concepción de poder popular, requiere de una nueva mirada a la historia de las luchas obreras y de los proyectos revolucionarios que se han desplegado en nuestras tierras, incluyendo la historia del Partido Comunista, por cierto.
La
lucha política como el gran educador de la militancia
Para
Gramsci la elaboración de un nuevo pensamiento no es precisamente un asunto
académico: "Crear una nueva cultura
no significa solo hacer individualmente descubrimientos "originales";
significa también, y especialmente, difundir verdades ya descubiertas,
"socializarlas", por así decir, convertirlas en base de acciones
vitales, en elemento de coordinación y de orden intelectual y moral.
Que una masa de hombres sea llevada a pensar coherentemente y en forma
unitaria la realidad presente, es un hecho "filosófico" mucho más
importante y "original" que el hallazgo por parte de un
"genio" filosófico" de una nueva verdad que sea patrimonio de
pequeños grupos de intelectuales".
Y
se pregunta: "¿Por qué
y cómo se difunden, y llegan a ser populares, las nuevas concepciones del
mundo?". "La forma
racional, lógicamente coherente; la amplitud del razonamiento que no descuida
ningún argumento positivo o negativo de cierto peso, tienen su importancia,
pero están lejos de ser decisivas. Lo mismo puede decirse de la autoridad de
los pensadores y científicos. Ella
es muy grande en el pueblo. Pero en
rigor, cada concepción del mundo tiene sus pensadores y científicos que poner
por delante, y la autoridad se halla dividida. Se puede concluir que el
proceso de difusión de las nuevas concepciones se realiza por razones políticas,
es decir, en última instancia, sociales, pero que el elemento autoritario y el
organizativo tienen en este proceso una función muy grande, inmediatamente
después de producida la orientación general, tanto en los individuos como en
los grupos numerosos"
Dicho
de otro modo, el "sentido común" reaccionario podrá ser modificado
en el transcurso de la propia experiencia de luchas de las masas, si reciben
–en ese proceso y no desde fuera de él- el debate necesario que derrote los
valores y concepciones instaladas por quienes dominan en la sociedad.
La
gran paradoja para la izquierda revolucionaria es que el enemigo, para
garantizar el dominio en el plano de la economía (realizar la reproducción
ampliada del capital) acude a la lucha cultural donde instala una dictadura del
pensamiento, un monopolio de la circulación de ideas y de productos culturales
casi absoluta; pero para romper ese dominio cultural la izquierda debe ir a la
lucha política, a la construcción de la resistencia y de la alternativa.
¿Por
qué falló históricamente la izquierda en insertar el proyecto revolucionario
en el sujeto social del cambio? No
por falta de aptitud de en la lucha reivindicativa, ni por falta de
"inserción social" como vulgarmente se afirma, sino por falta de política
revolucionaria, por realizar demasiadas concesiones al "sentido común"
reaccionario, por falta de enjundia en la defensa de los principios
revolucionarios.
En
pocas palabras, no por exceso de política, sino por falta de ella.
Y para tener más política se requieren militantes capaces de confrontar
y derrotar a los grandes popes de la televisión y los diarios; militantes que
sigan aquel llamado de Gramsci, que hoy hacemos nuestro: "Instrúyanse,
porque necesitaremos toda nuestra inteligencia. Conmuévanse porque
necesitaremos todo nuestro entusiasmo. Organícense, porque necesitaremos toda
nuestra fuerza "
José
Ernesto Schulman