La hegemonía cultural
por Federico Polleri
El concepto de Hegemonía, en la definición
tradicional, refiere a la dirección política o dominación especialmente en
las relaciones entre los Estados. El marxismo amplió esta definición a la
dirección o dominación entre las clases sociales, y es Antonio Gramsci, quien
profundiza el desarrollo de este concepto, tanto que puede considerarse un punto
crítico en el desarrollo no solo de su obra sino de toda la teoría cultural
marxista.
Gramsci distingue entre dominio y hegemonía, entendiendo al
primero expresado en formas directamente políticas y, en tiempos de crisis,
coercitivas, y al segundo, la hegemonía, como una expresión de la dominación,
pero desde un "complejo entrecruzamiento de fuerzas políticas, sociales y
culturales". Para Raymond Williams, intelectual marxista de origen galés,
que ha hecho maravillosos aportes a la creación de una teoría crítica de la
cultura, la hegemonía es esto, o "las fuerzas activas sociales y
culturales que constituyen sus elementos necesarios"*.
Williams define a una cultura como un "proceso social
total", y plantea que la hegemonía va más allá que el concepto de
cultura porque relaciona a este proceso con las distribuciones específicas del
poder.
De esta manera el concepto de hegemonía cultural
revoluciona la forma de entender la dominación y la subordinación en las
sociedades actuales. Si bien es cierto que los que detentan la dominación
material son también los que ejercen la dominación espiritual, lo que resulta
decisivo no es solamente el sistema consciente de creencias, significados y
valores impuestos, es decir la ideología dominante, sino todo el proceso social
vivido, organizado prácticamente por estos valores y creencias específicos.
La ideología constituye un sistema de significados, valores
y creencias relativamente formal y articulado, que conforma una concepción
universal o una perspectiva de clase. En el proceso de "imposición"
de esta ideología, la conciencia relativamente heterogénea, confusa,
incompleta o inarticulada de los hombres es atropellada en nombre de este
sistema decisivo y generalizado. Plantea Williams que "en una perspectiva más
general, esta acepción de "una ideología" se aplica por medios
abstractos a la verdadera conciencia tanto de las clases dominantes como de las
clases subordinadas. Una clase dominante tiene esta ideología en formas simples
y relativamente puras. Una clase subordinada, en cierto sentido, no tiene sino
esta ideología como su conciencia (...) o en otro sentido, esta ideología se
ha impuesto sobre su conciencia -que de otro modo sería diferente- que debe
luchar para sostenerse o para desarrollarse contra la ideología de la clase
dominante".
Habitualmente el concepto de hegemonía se vincula a estas
definiciones, sin embargo, debe diferenciarse en lo que refiere a su negativa a
igualar la conciencia con el sistema formal articulado que es la ideología.
Esto no excluye los significados, valores y creencias que propaga la clase
dominante, pero no se iguala con la conciencia, no se reduce la conciencia a la
ideología dominante, sino que "comprende las relaciones de dominación y
subordinación según sus configuraciones asumidas como conciencia práctica,
como una saturación efectiva del proceso de la vida en su totalidad; no
solamente de la actividad económica y política, no solamente de la actividad
social manifiesta, sino de toda la esencia de las identidades y las relaciones
vividas a una profundidad tal que las presiones y límites de lo que puede ser
considerado en última instancia un sistema cultural, político y económico nos
dan la impresión a la mayoría de nosotros de ser las presiones y límites de
la simple experiencia y del sentido común".
Y quizás la experiencia histórica del llamado
"socialismo real", sea una muestra práctica de la incomprensión de
la profundidad de los procesos hegemónicos. Si la Unión Soviética hubiese
sido capaz de construir una hegemonía cultural alternativa a la que se intentó
desplazar con la revolución de octubre, en lugar de atenerse a imponer una
nueva ideología dominante, seguramente otra hubiese sido la historia.
En este sentido la hegemonía no es solamente el nivel
superior articulado de ideología y sus formas de control y dominio, sino que
esta constituye todo un cuerpo de prácticas y expectativas en relación con la
totalidad de la vida: nuestros sentidos y dosis de energía, las percepciones
definidas que tenemos de nosotros mismos y del mundo que nos rodea. La hegemonía
cultural es entonces un "sentido de la realidad". Tanto que Williams
llega a afirmar que "en el sentido más firme, es una cultura, pero una
cultura que debe ser considerada asimismo como la vívida dominación y
subordinación de clases particulares".
Dos ventajas se desprenden de la utilización práctica del
concepto: En primer lugar, la incorporación del problema de la hegemonía
cultural para el análisis de las sociedades actuales y sus formas de dominación,
está más a tono con los procesos normales de organización y control social
que hoy vivimos. Mucho más que lecturas que aún se sujetan a hacer mecánicos
paralelismos entre nuestra realidad y la de situaciones geográficas e históricas
muy distantes a nosotros, en general en fases de desarrollo de las tecnologías
de la dominación más simples y primitivas. Basta con echar un vistazo a las
variadas lecturas que la izquierda hizo de los significados del 19 y 20 de
diciembre de 2001 y de todo el proceso de recomposición del poder hasta
nuestros días, para dar cuenta de la importancia de mejorar las herramientas
conceptuales con las que analizamos los procesos políticos (recordemos que hubo
quienes creyeron ver el febrero ruso en el diciembre argentino).
Cuando Gramsci insiste en la necesidad de la creación de
una hegemonía alternativa, y desarrolla su idea del pase de la guerra de
maniobras a la guerra de posiciones, está entendiendo que con el desarrollo de
las sociedades no se podía seguir con las mismas formas de lucha. La
incorporación del concepto de hegemonía cultural al análisis político
conduce a un "sentido de la actividad revolucionaria mucho más profundo y
activo que en el caso de los esquemas persistentemente abstractos derivados de
situaciones históricas sumamente diferentes".
En segundo lugar, la apropiación de este concepto, implica
un modo completamente diferente de pensar y comprender la actividad cultural
como tradición y como práctica. Desde esta perspectiva, el trabajo y la
actividad cultural no constituyen de manera habitual una superestructura. No sólo
por la minuciosidad y profundidad con la que se vive una hegemonía cultural,
sino porque la tradición y la práctica cultural pasan a ser comprendidas como
algo más que expresiones superestructurales de una base económica y social
determinada. Por el contrario, ahora se hallan entre los procesos básicos de la
propia formación, y vinculadas a un área de realidad mucho mayor que las
abstracciones de la experiencia económica. El pueblo utiliza sus recursos físicos
y materiales en lo que una sociedad define como "ocio",
"entretenimiento" y "arte". Desde esta óptica, todas estas
experiencias y prácticas culturales, que integran una parte importante de la
realidad de una sociedad y de su producción cultural, pueden ser comprendidas
tal como son, es decir, sin ser reducidas a otras categorías y sin la característica
tensión necesaria para encuadrarlas como reflejos o mediaciones dentro de otras
relaciones políticas y económicas determinadamente manifiestas. Y a su vez,
esta perspectiva conceptual nos permite, aún cuando no reducimos estas
manifestaciones a una superestructura, seguir considerándolas como elementos de
una hegemonía.
Advierte Williams los riesgos de llevar el concepto de
hegemonía a una "totalización abstracta". Si bien el concepto debe
tener una tendencia totalizadora, la abstracción de esto puede llevarnos a una
utilización errónea en la práctica. Una hegemonía existente es siempre un
proceso, nunca algo estático, inmóvil o inmodificable. "Es un complejo
efectivo de experiencias, relaciones y actividades que tiene limites y presiones
específicas y cambiantes". Y por otra parte, nunca se da de modo pasivo
como sistema de dominación: es continuamente renovado, recreado, defendido y
modificado. Así como también es continuamente, resistido, limitado alterado
desafiado por presiones que no le son propias. Es por esto que, pegado al
concepto de hegemonía, encontramos al de contrahegemonía y al de hegemonía
alternativa.
Desde un sentido político y cultural, la realidad de toda
hegemonía es que, mientras por definición es siempre dominante, nunca lo es de
modo absoluto o exclusivo. En todo momento las formas de oposición o
alternativa de la cultura y la política constituyen elementos significativos de
la relación de fuerzas general de la sociedad, entendiendo lo alternativo u
opuesto como formas que han tenido un efecto decisivo en el propio proceso hegemónico.
"Una hegemonía estática -dice Williams- del tipo
indicado por las abstractas definiciones totalizadoras de una "ideología"
o una "concepción del mundo" dominante, puede ignorar o aislar tales
alternativas y tal oposición; pero en la medida en que estas son
significativas, la función hegemónica decisiva es controlarlas, transformarlas
o incluso incorporarlas".
Al reconocer esto, es necesario comprender que es un
reduccionismo incorporar a todas las iniciativas o prácticas culturales a los términos
que plantea la hegemonía dada. Y en esto se diferencia de la superestructura,
no todo lo que produce y crea el hombre está integrado a la hegemonía, muchas
manifestaciones culturales alternativas se mantienen al margen o se hallan en
oposición a la hegemonía, aún sufriendo sus límites y presiones.
Por tanto, "la parte más difícil e interesante de
todo análisis cultural, en las sociedades complejas, es la que procura entender
lo hegemónico en sus procesos activos y formativos, pero también en sus
procesos de transformación. Las obras de arte, debido a su carácter
fundamental y general, son con frecuencia especialmente importantes como fuentes
de esta compleja evidencia".
¿Cuál es el lugar que ocupa entonces la cultura
alternativa, de oposición o contracultura? Puede decirse que todas o casi todas
las iniciativas y contribuciones, aún cuando sean manifiestamente alternativas
o de oposición, en la práctica se hallan vinculadas a lo hegemónico. He aquí
la profundidad de la hegemonía cultural. Para decirlo más simple: la cultura
dominante produce y limita a la vez sus propias formas de contracultura.
De todas formas, y aún asumiendo la profundidad de las
hegemonías culturales, sería un gran error descuidar la importancia de las
manifestaciones culturales que, aunque se encuentren afectadas por los límites
y las presiones hegemónicas, constituyen -al menos en parte- rupturas
significativas y aún cuando pueden -también en parte- ser incorporadas o
neutralizadas, en lo que refiere a sus elementos más activos pueden mantener su
independencia y originalidad.
Los desafíos para la cultura revolucionaria son inmensos,
la hegemonía cultural instalada en nuestra sociedad tiene bases muy firmes y
gran capacidad de renovación. El desarrollo de la estrategia de poder popular
nos desafía a potenciar los embriones de contrahegemonía, a construir una
poderosa hegemonía alternativa que le permita al bloque popular en formación
convertirse en un bloque potencialmente hegemónico. Y aquí nos topamos con una
paradoja: para que los esfuerzos populares, nuestras luchas, nuestras
experiencias, sean cristalizadas en una hegemonía alternativa del campo
popular, es decir, en la constitución de un nuevo bloque histórico, nuestro
pueblo necesita de una fuerza política alternativa que sea expresión del
pueblo y de los movimientos sociales en la lucha por construir un poder popular.
Es decir: la lucha por la construcción de una hegemonía cultural alternativa,
no se define exclusivamente en el terreno de la batalla cultural, sino
fundamentalmente en el campo de la construcción política. La lucha política,
la lucha por el poder, es un complejo proceso histórico en donde el
entrecruzamiento de fuerzas sociales, políticas y culturales transformadoras,
debe hacer nacer un sistema de fuerzas capaz de oponer alternativa en todos los
terrenos en donde el bloque dominante realiza su hegemonía. Saber dirigir los
esfuerzos en este sentido, en cada momento político, en cada terreno en el que
se manifiesta la lucha, es el desafío intelectual y práctico más importante
que tenemos las organizaciones con vocación revolucionaria.
* Todas las citas de este artículo pertenecen a R. W.
y fueron extraídas del libro Marxismo y Literatura, Buenos
Aires: Editorial Península/Biblos,
1977.
Bibliografía:
Raymond
Williams, Marxismo y Literatura,
Buenos Aires: Editorial
Península/Biblos, 1977.
Raymond
Williams, Palabras Clave. Un vocabulario
de la cultura y la sociedad, 1ª ed. – Buenos Aires: Ediciones Nueva Visión,
2003.
Antonio Gramsci, Notas
sobre Maquiavelo, sobre la política y el Estado moderno, – 1ª ed. –
Buenos Aires: Ediciones Nueva visión, 2003.
Antonio Gramsci, El
materialismo histórico y la filosofía de Benedetto Croce, Buenos Aires:
Ediciones Nueva Visión, 2003.
Antonio Gramsci, Los
intelectuales y la organización de la cultura, Buenos Aires: Ediciones
Nueva Visión, 2003.