Historicidad de la filosofía de la praxis. Que la filosofía de la praxis se concibe a sí misma historicísticamente, como una fase transitoria del pensamiento filosófico, esta idea, además de estar implícita en todo el sistema, aparece explícitamente en la conocida tesis de que el desarrollo histórico será caracterizado en cierto punto como el paso del reino de la necesidad al reino de la libertad. Todas las filosofías (los sistemas filosóficos) existentes hasta ahora han sido la manifestación de las contradicciones íntimas que han lacerado a la sociedad. Pero cada sistema filosófico, tomado en sí mismo, no ha sido la expresión consciente de estas contradicciones, porque tal expresión podía ser dada sólo por el conjunto de los sistemas en lucha entre sí. Cada filósofo esta convencido y no puede hallarse en contradicción con el expresado ex profeso. Es humano, es decir, la unidad de la historia y de la naturaleza. Y realmente, si no existiese tal convicción, los hombres no obrarían, no crearían una nueva historia; es decir, que las filosofías no podrían convertirse en "ideologías", no podrían asumir en la práctica la granítica solidez fanática de las "creencias populares", que poseen la misma energía que las "fuerzas materiales".

Hegel representa, en la historia del pensamiento filosófico, algo aparte. En su sistema, de una manera u otra, a pesar de su forma de "novela filosófica", puede comprenderse qué es la realidad, es decir, se tiene, en un solo sistema y en un solo filósofo, esa conciencia de las contradicciones que antes resultaba del conjunto de los sistemas, del conjunto de los filósofos polemizando entre sí, contradiciéndose.

En cierto sentido, por lo tanto, la filosofía de la praxis es una reforma y un desarrollo del hegelianismo, es una filosofía liberada (o que busca liberarse) de todo elemento ideológico unilateral y fanático; es la conciencia plena de las contradicciones a través de las cuales el filósofo, entendido individualmente o como grupo social entero, no sólo comprende las contradicciones, sino que se coloca a sí mismo como elemento de la contradicción, eleva este elemento a principio de conocimiento y, por lo tanto, de acción. El "hombre en general", de cualquier manera que se presente, es negado, y todos los conceptos dogmáticos "unitarios" son disueltos y destruidos en cuanto expresión del concepto de "hombre en general' o de "naturaleza humana" inmanente en cada hombre.

Pero si también la filosofía de la praxis es una expresión de las contradicciones históricas, y la expresión más acabada porque es consciente, significa que está también vinculada a la "necesidad" y no a la "libertad", lo cual no existe ni puede aún existir históricamente. Entonces, si se demuestra que las contradicciones desaparecerán, se demuestra implícitamente que también desaparecerá, es decir, que será superada, la filosofía de la praxis: en el reino de la "libertad", el pensamiento, las ideas, no podrán ya nacer en el terreno de las contradicciones y de la necesidad de lucha. Actualmente el filósofo (de la praxis) puede solamente hacer esta afirmación genérica, sin ir más allá. En realidad, no puede evadirse del terreno actual de las contradicciones; sólo puede afirmar genéricamente un mundo sin contradicciones, sin crear en el acto una utopía.

Ello no significa que la utopía no pueda tener valor histórico, dado que tiene un valor político, y cada política es implícitamente una filosofía, aun siendo ésta desordenada y estando en esbozo. En ese sentido, la religión es la más gigantesca utopía, es decir, la más gigantesca "metafísica" aparecida en la historia, porque es el intento más grandioso de conciliar en forma ideológica las contradicciones reales de la vida histórica; ella afirma, ciertamente, que el hombre tiene la misma "naturaleza", que existe el hombre en general, en cuanto creado por Dios y en cuanto hijo de Dios; que por ello éste es hermano de los demás hombres, igual a los demás hombres, libre entre los otros y como los otros, y que así puede concebirse contemplándose en Dios, "autoconciencia" de la humanidad. Pero también afirma que ello no es de este mundo, sino de otro (utópico). De esta manera fermentan las ideas de igualdad, de fraternidad, de libertad, entre los hombres, que no se ven iguales ni hermanos de otros, ni libres en relación a ellos. Así ha ocurrido que en todo levantamiento radical de las multitudes, de una manera u otra, bajo formas o ideologías determinadas, se han planteado estas reivindicaciones.

Así se inserta un elemento propuesto por Vilici, [Vladimir Ilich, Lenin] en el programa de abril de 1917,* en el parágrafo dedicado a la escuela unitaria, y, precisamente en la nota explicativa de tal parágrafo (cfr. edición de Ginebra de 1918) se recuerda que el químico y pedagogo Lavoisier, guillotinado bajo el Terror, había sostenido el concepto de la escuela unitaria, y ello en relación con los sentimientos populares de su tiempo, que en el movimiento democrático de 1789 veían una realidad en desarrollo y no sólo una ideología instrumento de gobierno, sacando de ello consecuencias igualitarias concretas. En Lavoisier se trataba de un elemento utópico (elemento que aparece, poco más o menos, en todas las corrientes culturales que presuponen la unicidad de "naturaleza" del hombre); sin embargo, para Vilici, eso tenía un significado demostrativo-teórico de un principio político.

* Se trata del proyecto de reelaboración del programa del partido bolchevique presentado por Lenin a la VII Conferencia del Partido, en abril de 1917. El nuevo programa fue luego aprobado en el VIII Congreso, en marzo de 1919. (N. de la R.).

Si la filosofía de la praxis afirma teóricamente que toda "verdad" entendida como eterna y absoluta ha tenido orígenes prácticos y ha representado un valor "provisional" (historicidad de toda concepción del mundo y de la vida), es muy difícil de hacer comprender "prácticamente" que tal interpretación es válida también para la filosofía de la praxis, sin sacudir las convicciones necesarias para la acción. Esto es, por otra parte, una dificultad que se presenta a cada filosofía historicista; de ella abusan los polemistas baratos (especialmente católicos) para contraponer en el mismo individuo el "científico" al "demagogo", el filósofo al hombre de acción, etc., y para deducir que el historicismo conduce necesariamente al escepticismo moral y a la depravación. De esta dificultad nacen muchos "dramas" de conciencia en los hombres pequeños y en las grandes actitudes "olímpicas" a la manera de Wolfgang Goethe.

He aquí por qué la proposición del paso del reino de la necesidad al de la libertad debe ser analizada y elaborada con mucha fineza y delicadeza.

Por ello ocurre que la misma filosofía de la praxis tiende a convertirse en una ideología en el sentido peyorativo, es decir, en un sistema dogmático, de verdades absolutas y eternas; especialmente, cuando, como en el Ensayo popular, ésta es confundida con el materialismo vulgar, con la metafísica de la "materia" que puede sólo ser eterna y absoluta.

Debe decirse, también, que el paso de la necesidad a la libertad ocurre en la sociedad de los hombres y no en la naturaleza (si bien podrá tener consecuencias sobre la intuición de la naturaleza, sobre las opiniones científicas, etc.). Se puede hasta llegar a afirmar que mientras todo el sistema de la filosofía de la praxis puede caducar en un mundo unificado, muchas concepciones idealistas, o por lo menos algunos aspectos de ellas, que son utópicas durante el reino de la necesidad, pueden llegar a ser "verdad" luego del paso, etc. No se puede hablar de "espíritu" cuando la sociedad está reagrupada, sin concluir necesariamente que se trata de un espíritu de cuerpo (cosa que es reconocida implícitamente cuando, como lo hace Gentile en el volumen sobre el modernismo,* se dice, siguiendo las huellas de Schopenhauer, que la religión es la filosofía de las multitudes en tanto que la filosofía es la religión de los hombres selectos, es decir, de los grandes intelectuales), pero se podrá hablar de ello cuando haya ocurrido la unificación, etcétera.

* G. Gentile: Il Modernismo e i rapporti tra religione e filosofia, Bari, Laterza, 1909.

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