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La organización de la cultura

La organización de la escuela y de la cultura

Se puede observar en general que en la civilización moderna todas las actividades prácticas se han hecho tan complejas y las ciencias se han entrelazado con la vida en tal medida que toda actividad práctica tiende a crear escuelas para sus propios dirigentes y especialistas; y, por lo tanto, tiende a formar un grupo de intelectuales especialistas de grado más elevado, que enseñan en estas escuelas. De modo que junto al tipo de escuela que se podría llamar "humanista" y que es el tradicional más antiguo, destinado a desarrollar en cada individuo humano la cultura general aún indiferenciada, la potencia fundamental de pensar y de saberse conducir en la vida, se ha ido creando todo un sistema de escuelas particulares de distintos cursos para ramas enteras profesionales o para profesiones ya especializadas y perfectamente individualizadas. Se puede decir que la crisis escolar que hoy recrudece está ligada al hecho de que este proceso de diferenciación y de particularización se produce caóticamente, sin principios claros y precisos, sin un plan bien estudiado y conscientemente fijado: la crisis del programa y de la organización escolar, es decir, de la orientación general de una política de formación de los modernos cuadros intelectuales, es en gran parte un aspecto y una complicación de la crisis orgánica más comprensiva y general.

La división fundamental de la escuela en clásica y profesional era un esquema racional: la escuela profesional para las clases dominadas, la clásica para las clases dominantes y para los intelectuales. El desarrollo de la base industrial tanto en la ciudad como en la campaña trajo una creciente demanda del nuevo tipo de intelectual urbano. Junto a la escuela clásica se desarrolló la escuela técnica (profesional pero no manual) lo que puso en discusión el mismo principio de la orientación concreta de la cultura general y, de la orientación humanista de la cultura general fundada sobre la tradición greco-romana. Una vez puesta en discusión esta orientación, puede decirse que quedó arruinada, porque su capacidad formativa estaba basada en gran parte sobre el prestigio general y tradicionalmente indiscutido de una determinada forma de civilización.

Hoy la tendencia consiste en abolir todo tipo de escuela "desinteresada" (no inmediatamente interesada) y "formulativa"; o en dejar sólo un ejemplar reducido para una pequeña élite de señores y de señoras que no tienen que pensar en prepararse para un porvenir profesional y en difundir en forma creciente las escuelas profesionales especializadas, en las que el destino del alumno y su futura actividad están predeterminados. La crisis tendrá una solución que racionalmente debería seguir la línea siguiente: escuela única inicial de cultura general, humanista, formativa, que equilibre justamente el desarrollo de la capacidad de trabajar manualmente (técnicamente, industrialmente) y el desarrollo de las capacidades del trabajo intelectual. Mediante repetidas experiencias de orientación profesional se pasará de éstas (tipo de escuela única) a las escuelas especializadas o al trabajo productivo

Se debe tener presente la tendencia en desarrollo según la cual toda actividad práctica tiende a crear su propia escuela especializada, así como toda actividad intelectual tiende a crearse círculos propios de cultura, que asumen la función de instituciones pos-escolares especializadas en organizar las condiciones que hacen posible estar al tanto de los progresos que se producen en cada dominio científico.

También se puede observar cada vez más que los órganos deliberantes tienden a distinguir su actividad en dos aspectos "orgánicos", la actividad deliberativa, que les es esencial, y la técnico-cultural, por la que los expertos examinan previamente y analizan las cuestiones que deben ser resueltas. Esta actividad ha creado ya todo el cuerpo burocrático de una nueva estructura, ya que junto a los oficios especializados de elementos competentes que preparan el material técnico para los cuerpos deliberantes, se crea un segundo cuerpo de funcionarios más o menos "voluntarios" y desinteresados, seleccionados en la industria, en la banca, y en las finanzas. Este es uno de los mecanismos por medio de los cuales la burocracia de carrera terminó por controlar los regímenes democráticos y los parlamentos; ahora el mecanismo se va extendiendo orgánicamente y absorbe en su círculo a los grandes especialistas de la actividad práctica privada, y así controla los regímenes y las burocracias. Ya que se trata de un desarrollo orgánico necesario que tiende a integrar el personal especializado en la técnica política con el personal especializado en las cuestiones concretas de administración de las actividades prácticas esenciales de las grandes y complejas sociedades nacionales modernas, toda tentativa de exorcizar esta tendencia desde afuera no puede producir más que prédicas morales y gemidos retóricos.

Se plantea la cuestión de modificar la preparación del personal técnico-político, integrando su cultura según las nuevas necesidades, y de formar nuevos tipos de funcionarios especializados que en forma colegiada integren la actividad deliberante. El tipo tradicional del "dirigente" político, preparado solamente para las actividades jurídico-formales, se vuelve anacrónico y constituye un peligro para la vida estatal. El dirigente debe tener un mínimo de cultura general técnica que aunque no le permita crear de manera autónoma la solución justa, por lo menos lo capacite para juzgar las soluciones presentadas por los expertos y elegir la justa desde el punto de vista "sintético" de la técnica política. En otro lugar [Cap. 3: El periodismo] describimos un tipo de colegio deliberante que trata de incorporar la competencia técnica necesaria para obrar en forma realista; allí se habla de lo que ocurre en algunas redacciones de revistas, que funcionan al mismo tiempo como redacciones y como círculos de cultura. El círculo hace crítica colegiadamente y contribuye de ese modo a la elaboración de los trabajos de los redactores individuales, cuya productividad está organizada según un plan y una división del trabajo racionalmente prevista. Por medio de la discusión y la crítica colegiada (que consiste en sugerencias, consejos, indicaciones metódicas, crítica constructiva y dirigida a la educación recíproca) según la cual cada uno funciona como especialista en su materia para integrar la competencia colectiva, en realidad se consigue elevar el nivel medio de los redactores individuales hasta alcanzar el nivel o la capacidad del más preparado, asegurando a la revista una colaboración cada vez más selecta y orgánica, y no solo esto, sino que crea las condiciones para el surgimiento de un grupo homogéneo de intelectuales preparados para producir una regular y metódica actividad "editorial" (no sólo de publicaciones ocasionales y de ensayos parciales, sino de verdaderos trabajos orgánicos de conjunto).

Indudablemente, en esta especie de actividades colectivas, cada trabajo produce nuevas capacidades y posibilidades de trabajo, ya que crea condiciones de trabajo cada vez más orgánicas: ficheros, materiales bibliográficos, colecciones de obras fundamentales especializadas, etc. Se impone una lucha intensa contra las tendencias al diletantismo [manía], a la improvisación y a las soluciones "oratorias" y declamatorias. El trabajo debe ser hecho especialmente por escrito; también las críticas deben ser hechas por escrito, en notas sucintas, lo que puede lograrse distribuyendo el material con tiempo, etc.; el método de escribir las notas y las críticas es un principio didáctico necesario si se quiere combatir la tendencia a la prolijidad, a la declamación y al paralogismo que engendra la oratoria. Este tipo de trabajo intelectual es necesario para hacer adquirir a los autodidactas la disciplina de los estudios que procura una carrera escolar regular y para taylorizar [metodizar] el trabajo intelectual. Es útil el principio de los "ancianos de Santa Zita", del que habla De Sanctis en sus memorias sobre la escuela napolitana de Basilio Puoti; es decir, que es útil cierta "estratificación" de las capacidades y aptitudes, así como la formación de grupos de trabajo bajo la guía de los más expertos y desarrollados, que aceleran la preparación de los más retrasados y torpes.

Un punto importante en el estudio de la organización práctica de la escuela unitaria es el que se refiere a la carrera escolar en sus varios niveles conforme a la edad y al desarrollo intelectual y moral de los alumnos y a los fines que la escuela misma quiera cumplir. La escuela unitaria, o de formación humanista (entendido este término en sentido amplio y no sólo en el sentido tradicional), o de cultura general, debería proponerse colocar a los jóvenes en la actividad social; después de haberlos llevado a cierto grado de madurez y de capacidad, a la creación intelectual y práctica y a la independencia en la orientación y en la iniciativa. La fijación de la edad escolar obligatoria depende de las condiciones económicas generales, ya que éstas pueden imponer la exigencia de cierto aporte productivo inmediato a los jóvenes. La escuela unitaria exige que el Estado pueda asumir los gastos que hoy solventa la familia para la manutención de los escolares, es decir, que transforma completamente el balance del ministerio de educación nacional, ampliándolo y complicándolo enormemente; toda la función de educación y formación de las nuevas generaciones deja de ser privada para hacerse pública, porque únicamente de ese modo puede abarcar a todas las generaciones sin división de grupos o de castas. Pero esta transformación de la actividad escolar exige una enorme ampliación de la organización práctica de la escuela, es decir: de los edificios, del material científico, del cuerpo docente, etc. Sobre todo el cuerpo docente debería ser aumentado, ya que tanto mayor e intensa es la eficiencia de la escuela cuanto más directa es la relación entre maestro y alumnos, lo que plantea otros problemas de no fácil y rápida solución. Tampoco la cuestión de los locales es simple, ya que este tipo de escuela debería ser una escuela-colegio, con dormitorios, comedores, bibliotecas especializadas, salas apropiadas para el trabajo de seminario, etc. Por lo tanto, el nuevo tipo de escuela al comienzo tendrá que ser, inevitablemente, para grupos limitados de jóvenes, elegidos por concurso o propuestos bajo su responsabilidad por instituciones idóneas.

La escuela unitaria debería corresponder al período que hoy representan las escuelas elementales y las de enseñanza media, reorganizadas no solamente en lo que se refiere al contenido y al método de enseñanza, sino también en la disposición de los diversos cursos de la carrera escolar. El primer curso elemental no debería ser de más de tres o cuatro años y junto con la enseñanza de las primeras nociones "instrumentales" de la instrucción --leer, escribir, contar, geografía, historia-- debería desarrollar especialmente la parte que actualmente está descuidada de los "derechos y deberes", es decir, las primeras nociones del Estado y de la Sociedad, como elementos primordiales de una nueva concepción del mundo que entra en lucha con las concepciones dadas por los diversos ambientes sociales tradicionales, es decir: las concepciones que pueden llamarse folklóricas. El problema didáctico que se debe resolver consiste en atemperar y fecundar la tendencia dogmática, característica natural de estos primeros años. El resto del curso no debería durar más de seis años, de modo tal que a los quince o dieciséis años se hayan cumplido todos los cursos de la escuela unitaria.

Se puede objetar que un curso de esa naturaleza es demasiado fatigoso, por su rapidez, si se quieren alcanzar efectivamente los resultados que la actual organización de la escuela clásica se propone pero no alcanza. Se puede decir, sin embargo, que el complejo de la nueva organización deberá contener los elementos generales que hoy, por lo menos para una parte de los alumnos, vuelven al curso demasiado lento. ¿Cuáles son esos elementos? En una serie de familias, sobre todo de núcleos intelectuales, los muchachos encuentran en la vida familiar una preparación, una prolongación y una integración de la vida escolar; como comúnmente se dice, absorben del "aire" una cantidad de nociones y de aptitudes que facilitan la carrera escolar propiamente dicha: ya conocen y desarrollan el conocimiento de la lengua literaria, es decir, el medio de expresión y de conocimiento, técnicamente superior al que posee la generalidad de la población escolar de los seis a los doce años. De modo que los alumnos de la ciudad, por el solo hecho de vivir en ella, antes de los primeros seis años han absorbido una cantidad de nociones y aptitudes que les hace más fácil, más provechosa y más rápida la carrera escolar. En la organización interna de la escuela unitaria deben crearse al menos las principales de estas condiciones; además del hecho, que es de suponer, de que paralelamente a la escuela unitaria se debe desarrollar una red de asilos infantiles y otras instituciones en las que aún antes de la edad escolar los niños se acostumbren a cierta disciplina colectiva y adquieran nociones y aptitudes preescolares. La escuela unitaria debería ser organizada como colegio, con vida colectiva diurna y nocturna, liberada de las actuales formas de disciplina hipócrita y mecánica, y el estudio debería hacerse colectivamente, con la asistencia de los maestros y de los mejores alumnos, también en las horas de la así llamada aplicación individual, etc.

El problema fundamental se plantea para la etapa de la actual carrera escolar [secundaria], hoy representada por el liceo, y que no se diferencia para nada, como tipo de enseñanza, de los otros cursos que la preceden; a no ser por la suposición abstracta de una mayor madurez intelectual y moral del alumno de acuerdo con su mayor edad y la experiencia acumulada.

Actualmente, entre el liceo y la universidad, es decir, entre la escuela propiamente dicha y la vida, hay un salto, una verdadera solución de continuidad, no un pasaje racional de la cantidad (edad) a la cualidad (madurez intelectual y moral). De la enseñanza casi puramente dogmática, en la que la memoria tiene una gran parte, se pasa a la etapa creativa o de trabajo autónomo e independiente; de la escuela con disciplina de estudio impuesta y controlada autoritariamente se pasa a una etapa de estudio o de trabajo profesional en la que la autodisciplina intelectual y la autonomía moral son teóricamente ilimitadas. Y esto ocurre inmediatamente después de la crisis de la pubertad, cuando el ímpetu de las pasiones instintivas y elementales todavía lucha con los frenos del carácter y de la conciencia moral en formación. En Italia, cuyas universidades aún no han adoptado el principio del trabajo de "seminario", el pasaje es todavía más brusco y mecánico.

De ahí, entonces, que en la escuela unitaria la última etapa debe ser concebida y organizada como etapa decisiva en la que se tiende a crear los valores fundamentales del "humanismo", la autodisciplina intelectual y la autonomía moral necesarias para la ulterior especialización, sea de carácter científico (estudios universitarios), sea de carácter inmediatamente práctico-productivo (industria, burocracia, organización de cambios, etc.). El estudio y el aprendizaje de los métodos creativos en la ciencia y en la vida deben comenzar en esta última etapa de la escuela y no ser más un monopolio de la universidad, o dejado al azar de la vida práctica: esta etapa escolar debe contribuir a desarrollar el elemento de la responsabilidad autónoma en los individuos, debe ser una escuela creativa. Se debe distinguir entre escuela creativa y escuela activa, también en la forma del método Dalton [de lectura individual, incorporado por Helen Parkhurst en una escuela de minusválidos en 1919 y en el High School of Dalton en 1920]. Toda la escuela unitaria es escuela activa a pesar de que se tengan que poner límites a las ideologías liberales en este campo y se reivindique con cierta energía el deber de las generaciones adultas, es decir, el Estado, de "conformar" a las nuevas generaciones. Todavía se está en la etapa romántica de la escuela activa, en la que los elementos de la lucha contra la escuela mecánica y jesuítica se han dilatado morbosamente por razones de contraste y de polémica. Se debe entrar en la etapa "clásica", racional, se debe encontrar en los fines perseguidos la fuente natural para la elaboración de métodos y formas.

La escuela creativa es la coronación de la escuela activa: en la primera etapa se tiende a disciplinar, por lo tanto también a nivelar, a obtener una especie de "conformismo" que se puede llamar "dinámico"; en la etapa creativa, sobre el fundamento alcanzado de "colectivización" de tipo social, se tiende a desarrollar la personalidad, que ya ha llegado a ser autónoma y responsable, pero con una conciencia moral y social sólida y homogénea. Por lo tanto, escuela creativa no significa escuela de "inventores y de descubridores"; indica una etapa y un método de investigación y de conocimiento, no un "programa" predeterminado con la exigencia de originalidad e innovación a toda costa. Indica que el aprendizaje se produce especialmente por un esfuerzo espontáneo y autónomo del escolar y en el que el maestro ejerce sólo una función de guía amistosa, como ocurre o debería ocurrir en la universidad. Descubrir por sí mismo, sin sugerencias y ayudas externas una verdad, es creación, aunque la verdad sea vieja, y demuestra la posesión de un método; indica que se ha entrado en el período de madurez intelectual en el que se pueden descubrir nuevas verdades. Por eso en esta etapa la actividad escolar fundamental se desarrollará en los seminarios, bibliotecas, laboratorios experimentales; en esta etapa se recogerán las indicaciones orgánicas para la orientación profesional.

El advenimiento de la escuela unitaria significa el comienzo de nuevas relaciones entre trabajo intelectual y trabajo industrial no sólo en la escuela, sino también en toda la vida social. El principio unitario se reflejará, por lo tanto, en todos los organismos de cultura, transformándolos y dándoles un nuevo contenido.

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