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(II) 38. Criterios de crítica literaria. ¿El
concepto de que el arte es arte y no propaganda política "deseada"
y propuesta, puede ser, en sí mismo, un obstáculo para la formación de
determinadas corrientes culturales que sean reflejo de su tiempo y contribuyan
a reforzar ciertas corrientes políticas? Por el contrario, creo que ese
concepto sitúa el problema en términos más radicales y de una crítica más
concluyente y eficaz. Sentado el principio de que en la obra de arte debe
buscarse sólo el aspecto artístico, no queda excluida de ninguna manera, la
búsqueda de la masa de sentimientos, de la actitud hacia la vida que circula en
la misma obra de arte. Al contrario, éste es un punto de vista admitido por las
corrientes estéticas modernas, como se puede ver en De Sanctis y en el mismo
Croce. Se excluye, sí, que una obra de arte sea bella por su contenido político
y moral, y no ya por la forma en la cual el contenido abstracto se ha fundido
e identificado. Más aún, se analiza si una obra de arte ha fracasado al
haberse desviado el autor por preocupaciones prácticas exteriores, es decir,
artificiosas y faltas de sinceridad. Parece ser éste el punto crucial de la
polémica: Alguien "quiere" expresar artificialmente un determinado
contenido y no crea una obra de arte. El fracaso artístico de la obra de arte
dada (ya que esa persona ha demostrado ser un artista en otras obras realmente
sentidas y vividas) demuestra que tal contenido es, en esa persona, una materia
sorda y rebelde; que su entusiasmo es ficticio y deseado exteriormente y que no
es, en este caso, un artista, sino un sirviente que desea agradar a sus amos.
Hay, por lo tanto, dos series de hechos: una de carácter estético o de arte
puro, y otra de política cultural (es decir de política). El hecho de negar el
carácter artístico de una obra puede servir al criterio político como tal
para demostrar que alguien como artista no pertenece a aquel determinado mundo
político y --ya que su personalidad es esencialmente artística-- que en su
vida íntima, en la vida que le es propia, el mundo en cuestión no actúa, no
existe. Esa persona entonces es un comediante de la política, quiere hacer
creer lo que no es, etc. El crítico político lo denuncia pues no como artista
sino como "oportunista político".
La presión del político para que el arte de su tiempo exprese un
determinado mundo cultural es actividad política, no de crítica artística. Si
el mundo cultural por el que se lucha es un hecho viviente y necesario, su
expansión será irresistible y encontrará sus artistas. Pero, si no obstante
la presión, ese carácter irresistible no aparece ni actúa, significa que se
trataba de un mundo ficticio y postizo, de una elucubración, sobre el papel, de
mediocres que se lamentaban que los hombres de mayor estatura no estén de
acuerdo con ellos. El modo mismo de plantear la cuestión puede ser indicio de
la solidez de tal mundo moral y cultural; y en efecto, el llamado "caligrafismo"* no es más
que la posición defensiva de los pequeños artistas que, de manera
oportunista, afirman ciertos principios pero se sienten incapaces de expresarlos
artísticamente, es decir, en su actividad específica, y divagan entonces sobre
formas puras haciendo de ellas su propio contenido, etc. El principio formal
de la distinción de las categorías espirituales y de su unidad de
circulación,**
por abstracto que sea, permite aprehender la realidad efectiva y criticar la
arbitrariedad y la inconsistencia de quien no acepta jugar con las cartas sobre
la mesa, o es simplemente un mediocre llevado por azar a un puesto de dirección.
* El equivalente castellano de "caligrafismo"
sería "formalismo" o "arte por el arte". (N. del T.).