23 (VI) 7. Neolalismo. El
neolalismo como manifestación patológica del lenguaje (vocabulario)
individual. Pero ¿no se puede emplear el término en sentido más general, para
indicar toda una serie de manifestaciones culturales, artísticas e
intelectuales? ¿Qué son todas las escuelas y escuelitas artísticas y
literarias sino manifestaciones de neolalismo cultural? En los períodos de
crisis se producen las manifestaciones más extensas y múltiples de neolalismo.
La
lengua y los lenguajes. Cada expresión cultural, cada actividad moral e
intelectual tiene una lengua específica históricamente determinada: esta
lengua es aquello que se denomina también "técnica" o
"estructura". Si un literato se pusiese a escribir en un lenguaje
personalmente arbitrario (es decir, se convirtiese en un "neolálico"
en el sentido patológico de la palabra) y fuese imitado por otros (cada uno con
su lenguaje arbitrario) sería la Torre de Babel. La misma impresión no se
presenta en lo que concierne al lenguaje (técnica) musical, pictórico, plástico,
etc. Meditar y profundizar este punto.
Desde el punto de vista de la historia de la cultura, y, por consiguiente,
también de la "creación" cultural (no confundirla con la creación
artística, sino aproximarla, en cambio, a las actividades políticas; y en
efecto, en este sentido puede hablarse de una "política cultural")
entre el arte literario y las otras formas de expresión artísticas
(figurativas, musicales, orquestales, etc.) existe una diferencia que sería
necesario definir y precisar de manera teóricamente justificada y comprensible.
La expresión "verbal" tiene un carácter estrictamente nacional,
popular, cultural: una poesía de Goethe, en el original, puede ser entendida y
vivida completamente sólo por un alemán (o por quien se haya
"germanizado"). Dante sólo puede ser entendido y revisado por un
italiano culto, etc. Una estatua de Miguel Ángel, un trozo musical de Verdi, un
ballet ruso, un cuadro de Rafael, etc., pueden en cambio ser entendidos casi
inmediatamente
por cualquier, ciudadano del mundo, aunque tenga un espíritu no cosmopolita y
no haya superado el estrecho círculo de una provincia de su país. Sin embargo,
el asunto no es tan simple como podría creerse ateniéndose a la superficie de
las cosas. La emoción artística que siente un japonés o un lapón ante una
estatua de Miguel Ángel o escuchando una melodía de Verdi es, por cierto, una
emoción artística (el mismo japonés o lapón permanecería insensible y sordo
si escuchase declamar una poesía de Dante, Goethe o Shelley o admiraría el
arte del declamador como tal); sin embargo, la emoción artística del japonés
o del lapón no sería de la misma intensidad y calor que la emoción de un
italiano medio y tanto menos que la de un italiano culto. Esto significa que
junto, o mejor por debajo de la expresión de carácter cosmopolita del lenguaje
musical, pictórico, etc., hay una sustancia cultural más profunda, más
restringida, más "nacional-popular". Más aún: los grados de este
lenguaje son diferentes, hay un grado nacional-popular (y frecuentemente,
antes de éste, un grado provincial-dialectal-folklórico), luego el grado de
una determinada "civilización" que puede establecerse empíricamente
a partir de la tradición religiosa (por ejemplo cristiana, pero diferenciada en
católica, protestante, ortodoxa, etc.) y también, en el mundo moderno, a
partir de una determinada "corriente cultural-política". Durante la
guerra, por ejemplo, un orador inglés,
francés, ruso, podía hablar en su lengua desconocida, a un público italiano,
de las devastaciones realizadas por los alemanes en Bélgica; si el público
simpatizaba con el orador, escuchaba atentamente y lo "seguía", se
podía decir que lo "comprendía". Es verdad que en la oratoria
cuentan otros elementos además de la "palabra": el gesto, el tono
de la voz, etc., es decir, un elemento musical que comunica el leitmotiv del
sentimiento predominante, de la pasión principal y el elemento orquestal: el
gesto en sentido amplio, que enardece y articula la ola sentimental y pasional.