14 (I) 37. Italia y Francia.
Se puede afirmar tal vez que toda la vida intelectual italiana, hasta el 1900 (y
precisamente hasta la formación de la corriente cultural idealista Croce-Gentile),
en cuanto tenía una tendencia democrática, es decir, en cuanto quiso (aunque
no lo lograse siempre) tomar contacto con las masas populares, fue simplemente
un reflejo francés de la oleada democrática francesa que tuvo su origen en la
revolución de 1789. La artificiosidad de esta vida reside en el hecho de que en
Italia ella no tuvo las premisas históricas que en cambio existieron en
Francia.
En
Italia no hubo nada similar a la revolución de 1789 y a las luchas que la
siguieron. Sin embargo, en Italia se "hablaba" como si tales premisas
hubiesen existido. Pero se comprende que no era más que un hablar de labios
afuera. Desde este punto de vista es comprensible el significado
"nacional", aunque poco profundo, de las corrientes conservadoras con
relación a las democráticas; éstas eran "llamaradas" de gran
extensión superficial; aquellas eran de poca extensión, pero bien arraigadas e
intensas. Si no se estudia la cultura italiana hasta el 1900 como un fenómeno
de provincialismo francés, se comprenderá muy poco. Sin embargo es necesario
distinguir que en la admiración por las cosas de Francia, existe mezclado un
sentimiento nacional antifrancés. Se vive de reflejo y se odia al mismo tiempo.
Al menos entre los intelectuales. En el pueblo los sentimientos
"franceses" no son tales, aparecen como "sentido común",
como cosa propia del mismo pueblo, y el pueblo es francófilo o francófobo según
sea o no instigado por las fuerzas dominantes. Era cómodo hacer creer que la
revolución de 1789, porque había ocurrido en Francia era como si hubiese
(ocurrido en Italia, porque de las ideas francesas era cómodo servirse para
guiar a las masas; y a su vez era cómodo servirse del antijacobinismo
conservador para ir contra Francia, cuando esto era útil.
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